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Jugar al secuestro

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 21/05/2015

SOMOSMASS99

 

©Gaudencio Rodríguez Juárez

Psicólogo

 

La privación de la vida de un niño de seis años acontecida el fin de semana pasado en el estado de Chihuahua a manos de adolescentes que argumentaron jugar al secuestro, impactó —nuevamente— a la sociedad mexicana.

Este tipo de sucesos extremos suscitan todo tipo de comentarios y preguntas: ¿por qué tan pequeños son capaces de ultimar a un semejante? ¿Quién tiene la culpa de tal cosa? ¿Qué hacer con esos adolescentes: cárcel, reeducación, psicología, psiquiatría? ¿Qué está pasando en nuestra sociedad? ¿Cómo hacer justicia en un hecho cuya consecuencia es irreversible? ¿Cómo resarcir el dolor de la pérdida ante lo ominoso?

Múltiples preguntas que reflejan la multicausalidad de un evento de este tipo y que sugieren intervenciones interinstitucionales, multisectoriales, multidisciplinarias.

La agresividad es la energía vital con la que se nace. Está al servicio de la vida, de la sobrevivencia, de la realización personal. Sirve para defenderse de las situaciones adversas, para poner en juego proyectos y cumplir tareas cotidianas, para la construcción. Es una cuestión biológica, genética.

La violencia, en cambio, es un patrón de relación interpersonal (o autodirigida) que se aprende, es, para decirlo rápido, el mal uso de la agresividad. Está al servicio de la destrucción, de la muerte. O sea que para el ejercicio de la violencia se requiere de un aprendizaje, uno o muchos modelos y maestros de la violencia (ver Rodríguez, G., Cero golpes, PEA, 2014).

Sucesos como los de Chihuahua nos deben invitar a reconocer que los niños, niñas y adolescentes —personas en formación— son el resultado del ejemplo, atención y educación que los adultos les proporcionamos, así como a su análisis exhaustivo para prevenir nuevos casos.

Los niños, niñas y adolescentes están jugando peligrosamente, con un instrumento destructivo elaborado por los adultos: la violencia y que dejamos a mano a través de películas, series televisivas, videojuegos, canciones y, más grave aún, poniéndoselo de frente a través de la violencia familiar, de género, hacia los ancianos. Muchos menores de edad están viviendo en carne propia la violencia comunitaria, política, social, económica, estructural, castigo corporal, tratos humillantes y abuso.

Todo lo anterior sin adultos que medien lo que ellos observan o experimentan. Es un hecho que nunca como ahora en la historia de la humanidad los niños, niñas y adolescentes habían crecido tan solos.

En su soledad y desde edades tempranas observan miles y miles de escenas cargadas de violencia —a través de las pantallas o de manera presencial— y no cuentan con adultos que les ayuden a entender que tales conductas no son adecuadas, benéficas ni legales. Por lo tanto, ¿cómo tener elementos para discernir los comportamientos propios y ajenos? ¿Cómo conformar una conciencia moral sin disciplina? ¿De dónde obtener las habilidades para manejar los propios impulsos si se crece solo y expuesto a un ambiente de violencia inusitado?

A diario escuchan canciones con contenidos de violencia no sólo con el consentimiento de sus padres, sino hasta a coro con ellos, observan la violencia en las tribunas de los estadios de futbol sin que ningún adulto aproveche la situación para recordarles que tal comportamiento es indeseable, conocen las dinámicas del crimen organizado tomándolos incluso como modelos a seguir ante la falta de otras alternativas…

Al mismo tiempo, los gobiernos, garantes de los derechos humanos, se muestran pasivos, su actitud e ineficacia —que contribuye a la impunidad— se convierte factor para la normalización de la violencia.

Es por eso que la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), en su boletín de prensa hizo un llamado al Estado mexicano a reconocer lo ocurrido en Chihuahua como una expresión de la normalización de la violencia y de la presencia del crimen organizado, lo cual ha afectado de forma evidente a niñas, niños y adolescentes, considerando que este lamentable caso es el resultado, en gran parte, de la ausencia de políticas públicas de prevención de la violencia y nula promoción de la cultura de paz.

“Frente a este contexto —continúa  el boletín de REDIM—, el caso debe ser un llamado de atención al Estado mexicano para que se consideren medidas urgentes de prevención y atención a niñas, niños y adolescentes en escenarios de crimen organizado donde la violencia extrema es cotidiana. Es necesario realizar una fuerte inversión (no militar, ni policíaca) en la construcción de entornos seguros y comunidades resilientes.”

La producción de la violencia puesta al alcance de las nuevas generaciones es una muy mala idea que ya se nos está revirtiendo.

Trabajemos, de verdad, en la producción de ternura, amor, cordialidad, respeto, paz, para que, de esta manera, las nuevas generaciones jueguen bonito, reproduzcan humanidad.

Y no dejemos de solidarizarnos con el dolor de las víctimas y de sus familiares.

[email protected]

 






Luis López




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1 Comentario

el 21/05/2015

Gaudí, un abrazo…..

El suceso de Chihuahua sin duda nos dejo sin palabras, es terrible por decir lo menos….

Y coincido en que ahora nuestros niños crecen y viven mas solos y no se, tal vez si tenga mucho que ver, no lo se….

Pero sin duda muy muy preocupante.

Abrazo!!!



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