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Kerem, cuando el pasado es presente

Sociedad País / Top News / 15/09/2015

 SOMOSMASS99

 

Profesor Ranulfo* / Colectivo 43 x 43**

Chiapas / Lunes 14 de septiembre de 2015

 

Potente es el pasado cuando uno tiene la voluntad de volver, volver no sólo sobre recuerdos, volver y detenerse sobre lo que aún adolece, lo que forma parte de nuestra memoria biológica, cultural, celular. Memoria que no podemos borrar y se queda como parte de nuestra existencia. Y es que la existencia puede estar marcada por lo que particularmente me esforcé por hacer de mí, pero que logró ser gracias a los otros, los que forman parte de mi historia y ese presente potencial que ahora mismo me constituye. Y es que los pasajes de la vida, las personas, las cosas, los lugares pueden estar dispersos en la memoria, algunas pueden no ser recordadas, hasta pueden aparecer, por momentos, como pequeños destellos que no tienen gran importancia. Algunos de esos pasajes se olvidan, se guardan en ese enorme baúl de cosas pasadas, pero es imposible que nuestro cuerpo deje de sentir al nombrarlos, y ese sentir, eso que tiene un síntoma es lo que potencia lo que ahora somos, por eso digo: soy, y no precisamente en lo individual, soy gracias a los “otros”, a mis padres, a mis hermanos, a mis tíos, los seres humanos que fueron tejiendo esos pasajes en mi piel, en el corazón, en mi pecho.

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Hace 30 años estuve en la primaria y las cosas no han cambiado mucho. Los mismos salones sin banca, las mismas carencias, los niños con hambre.

 

Pasajes, historias, recuerdos, memoria que se activa cada vez que vuelvo a ellos, cuando los pienso, no desde mí, sino desde ellos, los “otros” que han sido parte fundamental de lo que ahora soy: Un profesor.

De ahí mi historia y el presente, que más que pasado o presente, es eso, lo que soy y quiero narrar: Como cualquier otro día, hoy mi mamá me despertó muy temprano y me habló quedito al oído diciéndome:

“Hijo, ¿ya escuchaste el canto del gallo?… Dice que ya está amaneciendo y que es hora de levantarse… Levántate, me vas a ayudar a cargar agua para que pueda lavar el nixtamal, me vas a ayudar a moler y a tortear… Además hoy vas a clases y vas a llevar tus tortillitas a la escuela, en cuanto te dé hambre, las comes… ¿Me escuchaste?… Es hora de levantarse…”

Generalmente mi madre me hablaba al oído antes de levantarme, decía que era para que me despertara bien y pudiera hacer las cosas con muchas ganas, incluyendo las muchas cosas hermosas que vería en la escuela, porque ahí iba a aprender lo que en casa no aprendía. Recuerdo muy bien  otra vez cuando mi madre me dijo:

“Tienes que ir a la escuela aunque te quede un poco lejos, ya veremos cómo le hacemos cuando esté lloviendo; no te preocupes, te acostumbrarás a caminar poco a poco. Tienes que echarle muchas ganas a la escuela, aunque seas muy pequeño. Yo te veo como una persona grande, con muchas cosas que hacer en la escuela. Sabes hijo, quiero que aprendas a hablar español, ya ves que yo no sé hablarlo, si alguien viene aquí y me habla en español, no le voy a entender, y entonces ahí quiero que tú le hables en español a esa persona… Estoy segura de que lo vas a lograr y de que te voy a ver muy grande, pero antes tienes que ir a la escuela todos los días y  aprender mucho…”

Como mi abuelita no sabía hablar español y se le dificultaba pronunciar mi nombre, me decía siempre Turumpu2, decía que así me llamaba y que me quedaba bien… Algunas veces también mi mamá me llamaba así pero más me llamaba por Kerem y me gustaba. Era un niño inquieto como cualquier otro niño, me gustaba jugar y compartir momentos inolvidables con mi hermano Flaviano. Jugábamos, corríamos, gritábamos, llorábamos, compartíamos nuestras pocas cosas, nos contábamos nuestros sueños e ilusiones. Yo era un niño que vestía la ropa de su papá cuando a él ya no le quedaba –por supuesto ajustado por mi mamá–, porque no había dinero para que me compraran camisa nueva y a mi talla, no sabía qué era tener cinturón, caminar descalzo era lo más común aunque  soñara con tener zapatos algún día. Pero en esos tiempos no era  posible. Había que seguir viendo dónde caminar y evitar lastimarse. Cuando regresé a casa, mi madre ya había encendido la fogata, “¡Siéntate, caliéntate un poco y al ratito me vas a ayudar a moler el nixtamal y a tortear…!” Me senté y descansé un rato, luego hicimos muchas tortillas ricas como siempre. Mi madre se apresuró y buscó una bolsa de plástico transparente, vi que acomodaba dos tortillas dobladitas con un poco de sal y las colocaba con mucho cuidado en la bolsa. A lo lejos escuché a mi abuela decir: “¡Turumpu’, ya estás listo, tu tío  Max ya se va a la escuela!…” Salí corriendo de la cocina y encontré a mi tío en el patio; me despedí de mi mamá y de mi abuelita y nos dispusimos a caminar un poco rápido. Después de 40 minutos de camino, llegamos a la escuela, mi tío se fue a su propio salón y yo al mío.

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Caminar horas para llegar a la escuela era parte de mi cotidianidad.

Mi salón se veía ligeramente de ladito pero era bonito, de adobe. En su interior había sillas pequeñas pero insuficientes para todos, no todos teníamos el privilegio de tener una mesa. El piso era de barro, el pizarrón de color verde y estaba un poco de lado. De lejos, la ventana parecía tener cristal pero cuando uno se acercaba, se notaba que solamente tenía plástico transparente. En el salón se veía con poca claridad porque no teníamos, ni tenemos todavía, energía eléctrica. Casi nadie llevaba mochila porque simplemente nadie la tenía. No todos mis compañeritos tenían cuaderno y lápiz pero todos teníamos muchas ganas de aprender algo. Afortunadamente mi maestro Francisco sabía hablar tsotsil y en esa lengua nos comunicábamos; él siempre decía que era necesario que aprendiéramos español pero que por el momento nos explicaría cómo hacer figuras geométricas en barro y en tsotsil. Cuando fue hora de comer, busqué mi bolsa de plástico y saqué con mucho cuidado mi tortillita doblada con sal, compartí con mis compañeritos y algunos compartieron también la suya, algunos otros no llevaban nada porque no tenían muchas tortillas en casa y como eran varios hermanos, también los otros tenían que comer algo, y a veces el pozol que preparaba su mamá tampoco era suficiente. Cómo olvidar las enseñanzas de mamá…

“Está saliendo el sol, saca tu silla y tu mesa, pónlas enfrente de la cocina mirando hacia el sol para que te den sus primeros rayos y pueda penetrar en tu cabecita y así aprendas más y mejores cosas en la escuela y en la vida misma…”

Así lo hice durante mucho tiempo, hasta que aprendí a leer este breve texto escrito en la parte superior de la puerta de la casita de madera.

Han pasado casi 30 años desde el principio de esta historia, muchas cosas han cambiado, mi madre ha cambiado, hoy se ve sutilmente cansada, mi tío Max ya no está conmigo. Hoy quisiera que mi abuela Sebastiana me dijera ¡Turum-pu’ ! pero es imposible porque tampoco está conmigo. Pero he crecido, he aprendido el español y afortunadamente he fortalecido mi lengua materna: el tsotsil. He conocido muchas historias similares a la mía, al parecer lo único que no ha cambiado es el sistema educativo, todavía encontramos muchas aulas sin piso firme, sin sillas, sin mesas, sin paredes, sin libros, sin cuadernos, sin lápices y lo peor del caso, niños con hambre, porque con hambre, las letras no entran ni en la cabeza ni en el corazón. Podemos encontrar claro a muchos maestros comprometidos con su profesión pero si faltan éstas y otras cosas más, no podemos seguir caminando de manera justa ni equitativa ni mucho menos esperar resultados diferentes cuando se siguen careciendo de las mismas cosas que antes. Por eso digo que mi pasado al parecer es el presente de muchos.

 

1. Es una palabra en tsotsil y significa “Hijo”.

2. Equivalente a Ranulfo.

 

* Narrativa Profesor Ranulfo Chiapas 2015. Coordinación Adan Morgan Colectivo 43 x 43 Serie 1. De las Condiciones de nuestras escuelas.

 ** © El colectivo 43×43. Manifiesto Político Educativo Es un colectivo formado académicos que unen sus voces de forma voluntaria para denunciar las pésimas condiciones de la educación en Chiapas por medio de narrativas vivas y vividas por los propios profesores. Sirva nuestra palabra, nuestro coraje, para decirles a las autoridades que los profesores no somos responsables del fracaso de la educación. Las narrativas y fotografías aquí presentadas son inéditas.

 






Luis López




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