SOMOSMASS99
Alberto José Muñoz Díaz
Alberto José Muñoz Díaz nació en la ciudad de Puebla en mayo de 1968 y llega a vivir a Acámbaro, Guanajuato el 4 de julio del mismo año. Estudia Diseño Industrial en la Universidad del Bajío y una Maestría en Administración en la Universidad de Guanajuato. Es miembro del Círculo de Lectura y Creación Literaria del CONARTCUA, en donde ha encontrado el espacio y guía para ponerle tinta a las historias nuevas y a las que hace tiempo rondan en su cabeza.
Es coautor de los libros: Tintas del Lerma, PALIBRIO (2014); Ecos del nido, editorial Puente de piedra (2016); “Vamos al circo” BUAP 2016. Ha publicado el relato Vivir a prisa, en SomosMass99, y el libro de poesía Mirar con otros ojos, editorial Puente de piedra (2018).
La cabra

Un día le pregunté a mí amá por qué se había casado con mi apá. Y me contestó:
“Pos, si no me casé por gusto, ansina andábamos tus tías y yo lavando en el río, yo más retirada, cuando llegó un viejo en su caballo y me jalo pa’ rriva, ahí me sentó ‘ncima d’el y me tiro il gabán encima, yo me trataba di soltar, pero el viejo me traíba bien agarrada. En eso que llega tu ‘amá ‘Ugenia y le dice:
―Qui si traí, ‘onde lleva m’ija.
―Pos si no quere “abájela”
―No pos ya cobijada, pa’ que la quero.
Y desde ese día me trajo p’al rancho con él… y pos me quedé pensando; mi amá ya no me quere, pos será lo que Dios quera”.
En la casa siempre ‘tabamos solos. Yo cuidando a mis hermanos mientras mi amá se iba con mi apá a sembrar las tierras. Es tan duro meter la yunta entre los cerros, en éstas tierras que naiden quiere, hay lugares que ni la yunta entra, allí, a puro azadón se siembra, y a luego, esperar que llueva bonito pa’ que el maiz no nos falte.
A mí me tocaba desgranar el maiz, quitarle el tamo y poner el nixtamal, tres cuarterones en el balde de agua bien caliente, con sus tres puños de cal y dejarla hasta que despelleje el grano.
En la mañana después de tirar el nejayo, salía por la leña, prendía el fogón y lo molíamos en el metate.
Mientras echábamos las tortillas, mi apá se nos quedaba viendo como hipnotizado, mirando como la luz del fogón nos iluminaba a mi amá y a mí, la luz y la sombra jugando en nuestra piel, en nuestros vestidos; abrazadas por el fuego y el humo. A mí el humo se me pegaba en los ojos y me hacía llorar hasta que encontraba salida entre las ranuras de la pared de carrizo. Ése era el único momento que me hacía pensar que mi ‘apá tenía un alma.
Una mañana que amaneció lloviendo, mi ‘apá discurrió ir al pueblo a vender una cabra. Le dijo a mi amá: “traime la manga y el forro de mi sombrero” y agarrando un mecate se fue pa’l corral y salió con Cabecita Negra, era nuestra favorita. Mi hermano le iba a reclamar, pero a luego que le tapo la boca. Yo sabía que con mi apá había que andarse con cuidado. Un día que mi ‘amá le reclamó por venir tomado, la ’garró de las meritas greñas y se la llevó ‘tras de la casa, allá en el campo abierto, la aparó bajo el mezquite y le dijo: “¡Ti voy a matar!”, “tati quieta” sacó su revólver y le tiró tres veces. Un tiro pegó en una piedra, otro se clavó en la tierra y el último se perdió en los cerros. Mi amá nomás aguantaba el llanto y el coraje, mirando los ojotes que todos sus hijos pelábamos desde la casa; como pidiendo perdón pa’ si se moría y dejarnos aquí a nuestra suerte.
Ese día lluvioso ya no llegó a dormir. Vendió la cabra a Don Agustín López, pero no trajo dinero, se quedaron afuera de la cantina tomando pulque. Pa’ su mala suerte, dejaron en el piso un tarro, que pa’ pronto la cabra se bebió y se puso a dar reparos y topes, se metió a la cantina rompiendo botellas y armando un alboroto. A mi ‘apa no le quedó más remedio que pegarle un plomazo a la cabra. Don Agustín se molestó, pero mi ‘apá le dijo: “Mañana li traigo otra”.
Se vino pa’ la casa, pero en el camino se encontró a su prima Esther, iba pal pueblo sola, se había peleado con Rufino su marido.
Dicen que mi apá y la tía se traiban ganas desde en antes, pero como era mayor, pos se casó con otro.
Se regresaron juntos pal’ pueblo. No se supo bien cómo se enteró el Rufino, seguro venía trás de ella y allá mero los fue a encontrar, metidos en el hotel a donde entró tirando balazos. Dicen que mi apá le salió por la merita puerta y ahí mesmo quedó tirado el Rufino. Naiden entiende por qué el Rufino se enojó tanto, si la tía Esther tenía fama de estar más loca que una cabra… la cosa es que mi apá no había llegado a la casa, cuando ya estaba trás del il hermano del Rufino, retándolo y tronando su pistola. Pa’ pronto mi ‘apá se acomodó en la cerca y también mató al hermano. Se echó a correr por el cerro pero ya lo estaban esperando los de la guardia rural y se lo llevaron pa’ la cárcel.
18 años le dieron. Mi amá iba cada en cundo a ver al Gobernador, a pedirle un indulto pa’ mi apá. Siempre regresaba, triste y regañada. Otro día le pregunté: ¿Por qué quería sacar a mi apá de la cárcel, después de tanta mala vida? Ella me dijo: “Es su padre, además, si no lo hago, cuando salga, ora si mi mata, que no ves que ya halló la puntería”.
Foto de interiores: Peter Neumann (@peterneumann) / Unsplash.
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