SOMOSMASS99
Moisés Villa*
La canícula

1
El único hombre que lo vio pensó que aquello era una alucinación, una mala del exceso de calor o quizá un hombre perdido en el desierto. Después pensó que aquel individuo podría ser, viéndolo bien, un loco al que el sol le había arrebatado la razón y lo había desviado de quién sabe qué rincón árido del norte. Arreciaba el calor y el paso por la carretera era escaso, apenas un exiguo ir y venir. Macario estaba sentado en el zaguán de lo que antes había sido un tiéndete de mediano éxito que vendía productos traídos de la ciudad a la orilla de la carretera, a unos kilómetros a la entrada de Cañada Grande. Ahora no era más que un cuartucho de tejas y tablas carcomidas por las polillas y el sol, en donde se vendía agua o cualquier cosa por la que se pudiera pagar. La muerte de su esposa y la pesadumbre del desierto, más una inexplicable reticencia a no abandonar lo que había compartido con ella, le impedían dejar esa tienda con apenas uno o dos clientes a lo largo del día. Ahí, sentado con lo que bien podría decirse una actitud pensativa, Macario vio a lo lejos un caballo que venía entre las estelas del calor.
El caballo llegó llevando al extraño encima. El hombre vestía un pantalón marrón, como si quisiera camuflarse en la austeridad de aquellas tierras. Llevaba una camisa empolvada llena de rastrojos que lo descubrían en su viaje por el erial o quién sabe por dónde. Amarrado al cinto sobresalía un rebenque con el que seguro castigaba a la bestia dejándole marcas entre el pelaje. El sudor le corría el cuerpo y las botas traían unas suelas desgastadas, de tanto caminar acaso, que Macario con voz adormecida y sin pensarlo le preguntó si deseaba un vaso de agua. El vaquero se limpió el sudor con un pañuelo sucio y desvaído que llevaba al cuello, metió la mano en una bolsilla amarrada con firmeza y sacó una moneda de plata que lanzó en agradecimiento de la amabilidad. Macario vio cómo brillaba la moneda en el aire y saliendo un poco del estupor, la tomó en vuelo y la guardó.
El vaquero bajó de su caballo y lazó las amarras en las anillas que había en el único poste seco. El caballo removió la cabeza en la brida ajustada quejándose de la crueldad de su sueño al dejarlo a pleno sol. Macario lo observaba todo, intrigado del silencio y los movimientos pastorales que resultaban desconocidos en aquel hombre, que lo hacía todo con pericia y tranquilidad.
Macario ya había dejado el vaso de agua sobre lo que era el mostrador, así que el hombre se acercó y lo tomó de un sólo trago. Sin esperar respuesta, Macario le dijo que aquella moneda saldaba toda el agua que deseara tomar, y si así lo deseaba, algo de sosa comida. Tomó el vaso que el vaquero le regresó y lo llenó de nueva cuenta para dejarlo sobre el mostrador una vez más. Esta vez alerta ante cualquier peligro que pudiera surgir.
El vaquero se acercó jadeante a la sombra y se sentó en el zaguán, con el vaso de agua entre las manos. Las raídas tejas proporcionaban un descanso del sol. Macario se sentó y observó al hombre a una distancia prudente, sin embargo, el vaquero ahora parecía ignorar su presencia. Dudando si debía preguntar algo, le dijo que si estaba perdido. El vaquero le contestó, exteriorizando sus pensamientos, que las lluvias se habían retrasado este año y que el ganado comenzaba a morir a causa de la sequía. Además, con el ceño fruncido y sacándose el polvo de la camisa, añadió que si no llegaba la lluvia pronto los que comenzarían a sufrir las consecuencias serían los de Cañada Grande. Macario, creyente y cizañero, vio en las palabras del vaquero un mal agüero.

El vaquero guardó silencio esperando que Macario sacara alguna conclusión. Al no recibir respuesta el vaquero dijo que nunca había visto algo así, además añadió que hacía pocos días algunos de sus animales habían roto una cerca, seguramente en busca de agua. Macario se cruzó de brazos en señal de que entendía del todo a qué venía aquella platica. No respondió pues le pareció advertir que el vaquero hablaba más para sí mismo que dirigiéndose a él. Una oleada de aire sofocante se acercó con un silbido arrastrado, levantando polvo y hierbajos secos que se acumularon a las orilla del zaguán. Los dos guardaron silencio, el vaquero contemplando el vaso de agua y Macario apenas saliendo por completo del estupor mirando el largo camino de tierra que conducía hasta Cañada Grande.
Tras el silencio, el vaquero se volteó con total naturalidad y dijo que buscaba a una mujer que seguramente había pasado por ahí en días anteriores. Macario intentó recordar, pero no pudo más allá que recordar el mismo calor que hacía en ese momento.
– No – dijo por fin y se limpió el sudor de la frente- pero si me la describe quizá la recuerde.
2
Los domingos en Cañada Grande había más movimiento del habitual. Las misas, los desayunos y los paseos matinales por la plaza. Por la tarde, algunos se juntaban deseosos de charlar alguna nueva que les hiciera olvidar la pesadez del calor. Por desgracia para la mayoría, las novedades se limitaban a los cambios en el clima y a exprimir viejos chismes. Esa tarde Macario bajó ávido por contar todo lo que el vaquero le había dicho. Al principio nadie le creyó, pero la moneda de plata era una prueba de que algo nuevo se avecinaba. La multitud, alborotada de aquella exquisita novedad, duró algún tiempo conjeturando quién podría ser la mujer a la que el vaquero buscaba. Ansiosos de descifrar más, apuraban a Macario a que les contara de nuevo, que no dejara nada al olvido ni se guardara ningún detalle para su deleite en soledad. Sin embargo, retomando el inicio de la historia, Macario volvía a contar cómo lo había visto llegar, cómo le había lanzado la moneda de plata antes de bajar del caballo y cómo se había ido a sentar al zaguán para contarle toda la historia que acababa de contarles. Nadie perdía el asombro de la enorme moneda que brillaba entre los faroles. Los viejos, desplazados a la orilla de la multitud, esforzaban sus sentidos ofuscados por la edad para enterarse qué era lo que hacía tanto alboroto.
Los días siguientes se convirtieron en un hervidero. Todas las mujeres se habían emocionado creyendo, muy en el fondo, que ellas podrían ser la mujer que el vaquero buscaba. Pensaban en la moneda de plata pero guardaban las apariencias tornándose serias y preguntando los avances bajo duda de curiosas. No obstante, en su imaginación se deshacían en emociones, que si se exteriorizaran, serían castigadas en público.
Al no conocer más avances tras el paso de los días, algunos ya comenzaban a pensar que todo había sido invención de Macario, una alucinación del desierto. Inclusive se dijo que su edad ya le hacía delirar y que era preferible ya no creerle. La moneda de plata ya no era prueba suficiente. Se le veía como a un viejo al que le había dado por contar historias falsas para que no lo segregaran como a los otros viejos, que lo único que hacían era hablar todo el tiempo del pasado y nunca daban novedad alguna sobre el presente. Así que Macario se dedicó, como en los últimos cuarenta años, a mirar el desierto a la espera de algún cliente.

El clerizonte, al tanto de las circunstancia, había dado el sermón ejemplificándolo con la historia del vaquero. Contó la forma misteriosa en la que había llegado como un maestro del disfraz, a dictar la sentencia de que iban a sufrir con la sequía. Hizo énfasis en su piel manchada como señal de bestialidad, en el augurio que había soltado como mensaje primero de sus palabras y en cómo con la figura de la mujer había incitado a mal los pensamientos. Con toda su lógica, los fieles reprocharon en sus mentes la obviedad de eso que no habían podido ver, tanto, que al levantar la mirada evitaban los ojos del cristo que se alzaba en el atrio, aletargado por el calor.
3
Finalmente llegó la lluvia. El cambio al buen humor y las ocupaciones del desierto les había hecho olvidar casi por completo al vaquero, que ya era menos que un espejismo. El calor parecía irse con la frescura del viento y de noche la mayoría regresaba a casa cansado de trabajar y deseoso de dormir junto a la ventana. Se dieron los meses de abundancia y todos parecían haber recuperado el interés en sus propias vidas.
Llegó julio con los últimos vestigios de aire fresco de la temporada. De nueva cuenta por las tardes se dejaba ver a un grupo de personas que se contaban si algo había pasado en los últimos meses. La temporada de lluvias pasó como cualquier otra, sin novedad alguna. Volvió el calor y todos sabían que la siguiente ventisca fresca no se sentiría hasta dentro de cuatro o cinco meses, cuando el invierno se aproximara. Así que se resignaban a hacerlo todo con la pesadez del sol a cuestas.
El clamoreo se reavivó apenas llegó agosto. Se hablaba del vaquero como alguien que venía a buscar esposa, o mejor dicho, a raptarla según la tradición. Cañada Grande, en su población escasa, tenía gran número de mujeres que anhelaban empezar una nueva vida en cualquier lugar que no fuera en ese pueblo consumido por el sol y el espejismo. Así que, sin decir nada, ya se sabía quiénes estaban dispuestas a ser raptadas.

Al atardecer, en el horizonte, el sol proyectaba una sombra alargada y cada tarde, dictada por el calor, caía sobre el pueblo. Las viejas, aprovechando el cobijo de las sombras, salían a los pórticos a coser festones a sus prendas y a ver si posiblemente se enteraban de todo de eso que armaba mucho revuelo. Entre las telas se ponían a conjeturar de qué se trataba.
No pasaron ni dos días cuando ya se deba por verdad el cuento de un posible rapto.
4
La primera mirada la lanzó grávida, abandonada en un posible pensamiento de culpa o resignada a qué todo debía ser así.
– Se me acusa de a mentiras- dijo la mujer recogida en su temor.
Las palabras se perdieron entre el bullicio de la multitud, que no hacían sino esperar la ejecución de la sentencia. Las sombras ya venían del monte y todos estaban ahí, en la plazuela, en espera del veredicto.
– Se le acusa de pecado carnal- dijo por fin el clerizonte con una irreprochable voz.
La mujer tembló al oír las palabras y se desató un intenso bullicio. La piel se le erizó y soltó un bramido. La noche era, sin duda, el juez más cruel en aquel lugar. La mujer negaba con la cabeza y de su boca nada salía, con temor a enardecer aún más a la multitud. Era evidente que el horror le trepaba haciendo que la razón se le evaporara para dejarla sin defensa. Un grupo de hombres había vuelto esa tarde con la nueva de que habían interceptado por fin al vaquero y lo había confesado todo. El cura de inmediato dio la orden de castigar.
Todo el mundo había perdido la razón cuando la cosecha se había quemado dejando poco para el sustento de los meses que se avecinaban. La falta de lluvia impediría reavivar los cultivos así que los meses venideros pintaban catastróficos. Según lo dicho, la docena de hombres que habían ido a buscar al vaquero fueron motivados por el rumor de que aquel faldero prefería robar mujeres casadas, y no había hecho sino traer más desgracia a Cañada Grande. Los hombres alertas de la amenaza y cansados de las habladurías, tomaron armas y decidieron acabar con él. El día anterior habían ido a Seis Pintas, donde el rumor decía que el vaquero pasaba la noche en una posada.
En la plazuela se aventaban impacientes para ver y escuchar de primera mano. Ya todo el mundo sabía lo que venía a continuación pero deseaban verlo una vez más.

Todos clamaban convencidos de la verdad de la acusación. La noche ya se cernía sobre el pueblo y las pocas lámparas de la plaza no daban luz para la multitud. Todos se guiaban por el rumor y el cotilleo que se esparcía desde el centro, donde estaba la culpable, hasta las orillas, donde trepados a los árboles los niños intentaban ver el ejercicio de aquella justicia. La luna, por su lado, aparecía con lentitud en el crepúsculo, como un enorme hechizo del desierto o una enorme moneda que dicta un engaño entre los misteriosos destellos de su metal.
– Se me acusa de a mentiras- musitó la mujer nuevamente, aceptando su destino – Se me acusa de a mentiras.
5
Al día siguiente, con la llegada del sol y la vuelta del calor, a todos se les veía serenos. Los hombres, con ayuda de las mujeres, intentaban salvar la cosecha. Macario regresó a su tienda esa mañana, abrió y se sentó a la espera de cualquier cliente. Por la tarde el grupo de ancianos se reunió a develar y cotejar el misterio de lo que hacía una noche conmocionaba al pueblo. Era más el silencio que las palabras, cada uno se sumergía en sus propias reflexiones y memorias de ese pueblo de cenizas. Por fin una de las viejas dejó de tejer, irguió la cabeza comprendiendo la razón después de tantos años de vivir rodeada de ese desierto y de ver pasar a los otros como los vapores que mana. Fue como si los años, antes tan confusos, ahora fueran claros y le mostraran la respuesta a todo ese barullo. Sin decir nada, prefirió guardarse esa revelación, esa nueva, hasta la tumba.
* Moisés Villa estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Ha sido becario de investigación en la UDG y en Plural. Escuela de Periodismo. Participó como difusor de la lectura y la escritura en el programa +Consultas de la Biblioteca del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades. Actualmente es docente de humanidades.
Fotos de portada e interiores: Pixabay.
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