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Mi primer viaje astral / I

Para Ver, Oír y Comer / Top News / 30/10/2018

SOMOSMASS99

 

Carabeja*

Martes 30 de octubre de 2018

 

 

“Güera, ¿cómo te llamas?”…

“¡Oye, Güera!”

“¿Oye? ¡Contesta!”

Silencio…

“Mira», retomó el chico que me hablaba, «yo soy Israel. Este compa es Fercho. El señor de allá, pues no sé, creo que le dicen Titán, es bien tranquilo. Oye… ¿Porqué estás aquí?”.

 

Yo no abría la boca. Estaba de pie, paralizada de miedo, sin saber qué hacer. Sólo pensaba alocadamente: ¡Contéstale! Contéstale o se va a ofender… ¡Rápido! Dile algo… Lo que sea… ¡Dile algo, ya! Me dolía mucho la cabeza, y no podía respirar. Sólo le hice una mueca, a manera de sonrisa. No quería ni podía hablar. Después de un rato me atreví a decir, lentamente: “Me llamo Ana”.

No me pareció prudente mentir…

 

Los chicos que estaban en la celda de al lado eran todos de la calle. Se veía, obvio. Humildes, todos. Franeleros o dulceros, limpia coches, grafiteros. Algunos con ropa muy vieja, unos altos, muchos chaparros, pero chavos, casi todos flacos. Sólo uno que otro tenía quizás más de 30 años: el señor que dormía en el piso, y otro, un viejito, muy borracho.

 

Entonces uno de ellos, que se había quedado sentado, se levantó y se acercó. Los demás se apartaron de inmediato y todos se callaron. El muchacho, muy moreno, se reclinó en la pared, me miró, directo a los ojos, serio. Decidí sostenerle la mirada, muy cautelosa, cambié de postura, pero no me alejé. Sujeté las rejas heladas para hacer algo, para agarrarme de algo, para que no se notara lo mucho que había empezado a temblar. Recargué la cabeza al frente, lo volví a mirar.

 

“¡Cállense todos!, dijo con voz ruda, ¡parecen gallinero y ya la espantaron!”

Me sonrió.

“¿Tienes miedo?”, preguntó.

 

Pero no me salía la voz, no sabía qué decir. Me muero del miedo, me duele la quijada y quiero llorar. Incliné un poco la cabeza. Por fin contesté: “Ahí voy”.

“No te preocupes, no te van a hacer nada mientras yo esté aquí…”

 

Entonces el chico se sentó en el suelo, y lo imité. Me miraba, se rascaba el pie, bostezaba, me volvía a mirar. Como esperando a que yo hablara primero, dándome tiempo, creo. Nos caímos bien, así, compartiendo el encierro, en el sucio piso helado.

 

Los demás se habían apartado un poco, hacía el fondo. Todos en una celda, yo sola en otra, en el separo de las mujeres. Se oían risitas, platicaban en voz baja. Uno se acercó un poco, a mirarme también, entre las rejas. Pero el moreno sólo movió la mano y éste se alejó. Antes también me sonrió.

 

Después de un rato Israel y Fercho regresaron a la puerta y se sentaron. Eran amigos del moreno. Que los dos eran dulceros. Que los habían agarrado y que les quitaron los chocolates, que saliendo me iban a conseguir otros. Que el moreno era ley, que con él allí no me pasaría nada. Se reían, bromeaban, como si nada.

 

Yo sonreía un poco, asentía. Les empecé a platicar de mi vida, lo normal, lo de todos. Lo que no importaba mucho que supieran, que soy güera por mi mamá, alta por mi papá. Que a mi padre una vez lo habían encerrado, también, por hurtar un cenicero de un coche abandonado. Que así había conocido a mi padrino, un abogado que lo sacó. Que mi padrino, después de 20 años de no verme, fue a mi boda. Que el tipo con el que me casé me puso un cuatro y me encerró, en estas galeras, para quitarme a mi hijo. A la mala me acorraló y me quebró.

 

Ellos exclamaban, comentaban. “¿Cómo crees? ¿Tu ex marido te encerró? ¿Qué cobarde! Pero tú, güera, no te caigas, mira que saliendo vamos a grafitear, aquí enfrente, su nombre con una grosería… ¿Cuál quieres?». Les dije la palabra adecuada y juraron vengarme en grande y a todo color en la explanada central de Tlalnepantla.

 

Entró un doctor a mi celda, a revisarme, protocolo de protección a los presos. “Por si te mandan golpear”, me dijo, “es por tu seguridad”.

 

Entonces casi me ahogué y lloré. Llevaba horas congelada, tenía tanto miedo. Un pánico brutal que no conocía, que enloquecía. Miedo a la muerte. Claustrofobia. Me aturdía el ruido de las rejas, las cadenas, los cerrojos y las macanas contra el hierro. Me sentía desaparecer, abandonada, la mente desamparada. Añoraba a mis hijos, mis chiquillos inocentes. Mi vida por ellos. Extrañaba a la pareja, mi amigo, pobre, esperando afuera, llorando del coraje. Mi hombre llorando. A mi hermana que logró pasar y que me hizo reír con sus historias de tazas de peltre de la cárcel y de cigarros de contrabando. A mi otra hermana, que me siguió despavorida en su coche cuando me agarraron. Pensó que me secuestraban y organizó mi rescate, volándose los topes, cerrándonos el paso con su coche. Pensé, cuando los judas le sacaron la pistola, que me la mataban. Pensé en mi madre, sentada en su sala, comiéndose las uñas, pálida y tan lejos de mí.

 

Mientras, el moreno me observaba, me platicaba, me consolaba. Cerró los puños y de pronto se levantó enfurecido. Les dio la orden a todos de cantar el nombre del maldito ex marido, junto con la grosería que le escogí. Todos entonaron, así, a voz tronante, un apodo con maldiciones. Los miré. Uno me guiñó el ojo, y me levanté. Canté yo también, fuerte y derecha, mirándolos de frente, temblando, sí, pero de pie. Entró un comandante, pegó en las rejas con la macana, pero no se callaron y cantaron más fuerte. Llegó otro comandante, gordo y pesado, con un silbato, pero el moreno se le puso de frente y lo retó, sacó las manos por los barrotes, le gritó. Todos estaban de pie ahora, formando un frente, los chicleros, los vendedores de pepitas, chicos de la calle, respirando vapor de orines, encerrados igual que yo, aplastados igual que yo, pobres pero no rateros, decían, pobres pero cantando, fuerte y claro, el nombre del maldito con su grosería.

 

“¡El tipo es un coyón y la encerró, cobarde pantalón, miserable lagartón, ahora somos 20 y él es sólo un ratón!”

 

Ante tanta bravura los dos comandantes optaron por retroceder, azotando los portones y golpeando las paredes. No querían un motín. Verificaron sus cámaras, llenaron sus papeletas, apuntaron el “incidente”, pero ya no regresaron y mejor nos olvidaron allí. Creo que ya no dejaron entrar a nadie más parar evitar una rebelión.

 

Adentro de esas galeras hice amigos entre los reos, sí. Me reí un poco, sí. Me alertaron de las “moñosas”, esas chicas violentas que te roban las botas y respiran trapos empapados de thinner, sí. También, durante el encierro, uno de ellos me habló de gaviotas, entonces sentí la presencia de mi padre, le di la mano y me fui. Emprendí mi primer viaje astral, me salvó de la locura y de la perdición. En uno de los momentos más abrumadores de ese día, poco antes de caer al abismo, respiré hondo y me separé de allí. Sentí cómo mi alma flotaba, mi cuerpo volaba, el cabello ondeaba y se despeinaba. Allá, muy lejos de esas mazmorras, me liberé. Viajé a la tierra de mis ancestros, la bella Bretaña, a sus mares helados, a pescar camarones y a comer pan salado con mi padre. Me fui, caminé lento por mi casa, por cada recámara, subí varias veces rozando mis paredes y abrí todas las ventanas. Luego, con lavanda en el bolsillo, arena en los zapatos, ya tranquila y ordenada, regresé de ese viaje al rincón putrefacto con orines de borracho y canté.

 

Por fin, ya muy tarde en la noche, me dejaron ir. Quitaron las cadenas, abrieron la reja y los pesados portones. Bajo la mirada estupefacta del gordo comandante me despedí de mano del chiclero, del Titán, del Israel, del Fercho. Al moreno le sonreí y le hice un saludo especial. Me incliné con respeto frente a él, le di las gracias, y me fui.

 

Ya afuera, aspirando aire limpio, limpiándome la cara con alcohol, un café en las manos, volví a llorar, aferrada a mi pareja. Tenía la cara gris, la sonrisa cansada. Me abrazó más fuerte que cuando nuestro hijo nació. Mi hermana también estaba allí. Me hizo reír cuando me abrazó: “¡Hueles a cerveza!”. Pero le dije que eran los humores de las celdas, que te persiguen, aun cuando ya no estás dentro.

 

Salí sintiéndome mucho más vieja y quebrada, sí.  

 

Pero también salí con la frente y la mente muy en alto, más alto de lo que nunca jamás sentí.


* Carabeja, autora Franco-México-Bretona, es diseñadora gráfica y escritora. Participó como colaboradora en el diseño de los primeros números de Alforja, Revista de Poesía.

Foto de interiores: Carabeja.

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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