SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez
Jueves 8 de septiembre de 2016
De unas décadas a la fecha, las mujeres han ido modificando sus múltiples roles y construyendo identidades diferentes, identidades que se salen del molde tradicional impuesto por una cultura patriarcal. El acceso paulatino a la educación, a la salud y al ámbito laboral y público las posiciona en un lugar con mayor autonomía, independencia y protagonismo.
Dicho cambio obliga a que los hombres también nos movamos en las relaciones con ellas. ¿Pero hacia dónde? En lo que la respuesta encuentra una respuesta precisa, unos están moviéndose hacia el diálogo, la negociación, la elaboración de acuerdos, la democratización del poder; mientras que otros, en el afán de mantener sus privilegios, le apuestan al aumento del control, al abuso de la fuerza, a la monopolización del poder, la descalificación, la amenaza, en síntesis, a la violencia.
El cambio que los hombres tenemos que generar en nuestra personalidad y en nuestras actitudes parece que nos ha tomado por sorpresa, y cuando existe la intención de cambio constructivo, resulta que aún no contamos con referentes suficientes que nos proporcionen modelos masculinos más humanos, integrales, democráticos, igualitarios.
La gran cantidad de mujeres asesinadas cada año en nuestro país por hombres cercanos a sus vidas (esposos, parejas o ex parejas sentimentales, sobre todo) son la manifestación extrema del recrudecimiento de la violencia masculina. Son botón de muestra de los niveles de destructividad que se puede alcanzar cuando la libertad, la independencia y la autonomía de las mujeres se vive de forma amenazante.
Algunas de las características que los y las especialistas observan en los hombres que ejercen violencia son: una tendencia a minimizar y negar el daño provocado, a culpar a los demás de sus reacciones y conductas irascibles, a manipular a la pareja y a los hijos e hijas; también presentan resistencia al cambio, celos y actitudes posesivas.
Una característica que los hace aún más peligrosos es la discrepancia que pueden mostrar entre su comportamiento público y su comportamiento privado, también llamada “doble fachada” o “doble cara”.
Esta doble cara permite perpetuar la violencia al interior de la pareja. Porque en el espacio público se comportan de tal manera que terminan siendo reconocidos como personas amables, carismáticas, agradables y hasta generosas, solidarias y altruistas. Pero sólo su pareja e hijos saben cómo es en el espacio privado: impulsivo, irrespetuoso, controlador, castigador, violento…
Existen algunos agresores tan seductores y encantadores capaces de poner de su lado a la familia de su pareja. De tal manera que ante la consideración por parte de esta de poner una demanda, u optar por la separación o el divorcio, son sus propios familiares los que le exigen que no lo haga, que no lo deje, que no exagere, que está viendo o malentendiendo las cosas y que su marido es el mejor hombre que le pudo haber tocado… Infinidad de argumentos para que no termine esa relación, porque su ruptura implicaría que toda la familia política saldría perdiendo porque, ¿quién les seguiría proporcionando los beneficios económicos (o de cualquier tipo) que él les proporciona?
La doble cara del victimario también suele engañar a los y las profesionales del sector salud y de justicia que no tienen una capacitación suficiente en el tema. Con mucha frecuencia estos le creen más al victimario que a la víctima debido a que el discurso de aquel es más congruente, consistente, ecuánime y sólido que el de esta. Lo que estos profesionales no alcanzan a ver es que, precisamente, la precariedad del discurso de la víctima es una manifestación del daño provocado, una secuela de la violencia vivida.
La doble fachada —o la doble cara— puede ir dejando de surtir efecto si las mujeres consiguen pronto, antes de que la violencia esté en niveles que pongan en riesgo su vida, denunciarlo ante sus familiares, amistades, sociedad y autoridades. El desenmascaramiento temprano es el recurso siempre y cuando las personas testigos y las receptoras de la denuncia le creamos a la víctima. Para eso necesitamos saber que ser simpático y amable en el espacio público no es garantía de empatía y respeto al interior de la familiar.
Psicólogo / [email protected]
Comparte en Facebook
Twittéalo








