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Pedro Omar Rivera
Pedro Omar Rivera estudió filosofía y creación literaria. Publicó el poemario El ser del sur (Página 2003, Orval 2012), y en 2014, el libro de fotografía y poesía Intuiciones de lluvia (Mar de Nombres). Es antólogo, junto con José Manuel Ortiz, de El Tótem de la Rana. Catapulta de microrrelatos (BUAP, 2017). Ha colaborado en las antologías de cuento y poesía LECTURES DU MEXIQUE Nouvelles et microcrédits AUTERS MEXICAINS DU XXI e SIÈCLE (Lectues d’Ailleurs, 2014); Es tiempo de más: algunos poetas del tercer milenio (Nutilium, 2013), Las Voces del Péndulo (Gobierno del Distrito Federal, 2007); Nos perdimos un lunes (El Péndulo de Babel); Alebrije de Palabras (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla); Feria de realidades (Ediciones La Rana, 2013), y en diferentes revistas como Revés, CODA, y la revista de filosofía Sendas. En 2012 dirigió y produjo el proyecto de fotografía y literatura Mis ojos hablan de ti. También escribió canciones para el disco homónimo de Nación de Radio y para los discos Simetría (2007) y Tiempo fractal (2013), de Johny Karvan. Es director de la editorial Mar de Nombres.
La veladora semanal

Mamá encendió una veladora semanal esta mañana. Seguro que su novio le volvió a pegar. Siempre que él la golpea, ella enciende una de esas veladoras y no lo recibe ni le contesta el teléfono durante los siete días que dura esa luz. A veces me gusta que eso pase; en esos días ella está más tiempo conmigo y en ocasiones hasta me lleva al cine. Ojalá que siempre hubiera una veladora semanal encendida en casa.
Mamá dice que mi papá nos abandonó porque es un inmaduro. Yo le he preguntado varias ocasiones por qué dice eso, pero siempre me contesta que está muy ocupada para hablar de tonterías, que no le quite el tiempo.
La semana pasada papá vino a casa en la noche; yo me hice el dormido y escuché cuando ella le gritó que se largara, que nos dejara en paz. Él insistía en quedarse; le aseguró que todo cambiaría y no importaba lo que había pasado. A ella no le interesó nada: lo echó.
Mamá es arqueóloga. Busca no sé qué cosas entre las ruinas: escarba en la tierra y manosea los huesos de personas que murieron hace mucho tiempo. No me gusta tu trabajo, le digo, no quiero que pongas mis huesos en una vitrina cuando yo me muera. Cada vez que tiene que salir de la ciudad, viene a cuidarme la vecina de enfrente; ella me deja ver la tele casi todo el día.
Muchas veces papá le dijo que quería tener más hijos, pero ella siempre respondía que no; que había muchos gastos; tenía mucho trabajo; que no quería quedarse encerrada cuidando chamacos: que sería una irresponsable si se volviera a embarazar.
Hace tres días mamá estuvo enferma. La vecina venía diario a verla y le decía que tenía que cuidarse, que un aborto era muy peligroso, y más cuando lo habían provocado los golpes. No le hizo caso. Ella no le hace caso a nadie. Siempre repite que no necesita consejos para estar bien. Aseguró que su novio se enojaría mucho si se enteraba que había perdido a su bebe. Ayer volvió al trabajo.
Mamá encendió una veladora semanal esta mañana. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Me dio un beso. Me pidió que anotara bien la tarea y obedeciera a la vecina; que tuviera cuidado de los extraños y también de los conocidos.
Cuando regresé de la escuela unos policías no me dejaron entrar a casa. Algunos vecinos me veían con lástima y sollozaban al verme. Pobrecito, decían en voz baja, pero con el volumen necesario para que yo los escuchara. La vecina de enfrente me llevó a su casa. Dijo que mamá había tenido problemas, que no se sentía bien. Dijo que mi mamá había muerto: se suicidó.
Al entrar en su casa vi que tenía un altar con la fotografía de su difunto esposo, y junto a ella una veladora semanal. ¿Siempre tiene una veladora encendida?, le pregunté. Siempre, respondió. Me sirvió de comer, y aunque no tenía hambre comí todo. Porque mamá dijo que debía obedecerla. Porque en esa casa que olía a gatos y a viejo, en la que siempre había una veladora encendida, me sentía tranquilo, mucho más tranquilo; como cuando mi mamá estaba en casa y encendía una veladora semanal.
Foto de interiores: Claudia Ramírez (@makuph) / Unsplash.
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