SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Jueves 10 de noviembre de 2022
Cuántas emociones distorsionadas debe tener un ser que hace daño sin motivo directo, solo como resultado de la impotencia, la rabia, el odio, la podredumbre de su amor propio y su alma, la insatisfacción por su vida reflejada en su nefasta capacidad de destruir vida, de lastimar sin piedad, de dañar al otro porque no tiene el valor de dañarse de la misma manera a sí mismo. Si lo tuviera, simplemente se suicidaría. En el fondo sabe que no hay otra manera de continuar su camino en esta existencia, porque está perdido, podrido y no merece algo, no tiene algo en su mísera vida que valga la pena. Y los que lo permiten, los que de muchas maneras lo provocan, los que pudiendo hacer algo no lo hacen y los que saben de su existencia y simplemente se hacen de la vista gorda, al final de cuentas, son iguales.
Sé que las palabras solo ayudan a expresar lo inenarrable, simplemente estamos sufriendo desde la impotencia ante la muerte provocada sin más razón que el odio, ante la zozobra de una desaparición, ante la sola posibilidad de sabernos vulnerables, como hijas, madres, hermanas, amigas, sobrinas, e incluso padres, hermanos, amigos, novios, porque en ese plano nos encontramos millones, desde los que lo sufren en carne y en vida propia, hasta los que empatizamos con ellos desde el desasosiego de su dolor y el de sabernos vulnerables, sin poder hacer mucho.
Y aquellos que reniegan y condenan las expresiones violentas de quienes solo tienen esa posibilidad, porque, desgraciadamente, solo esa posibilidad tienen, al no ser escuchadas ni reconocidas sus demandas, porque sus muertas y desaparecidas simplemente se fueron en manos de los sin alma, de los infelices que no tienen ni escrúpulos ni educación ni amor propio y menos por el prójimo, de aquellos que sin tener derecho a estar en esta vida, existen, yo diría, por equivocación; a aquellos que critican a quienes expresan su impotencia, yo les diría: al menos pregúntense qué pasaría si ustedes fueran ellos, si sus hijas o hermanas o madres hubieran sido las brutalmente violentadas y no tuvieran ni siquiera el reconocimiento de su dolor y la posibilidad de justicia.
Y quienes por fortuna no vivimos ni la desaparición ni la muerte violenta de un ser querido, nos encontramos también con el alma en un hilo, ante el pensamiento de la sola posibilidad que, aun no queriendo, se instala en la consciencia sin previa invitación. Porque sabemos que los sin alma existen y aparecen en cualquier momento. ¿Cuántas madres y padres, hermanos, amigos nos sabemos rondados, sentimos el agobio y recurrimos al recurso del querer saber dónde anda una hija, no por limitarla y controlarla, sí por resguardarla, si acaso es posible, sabiendo que, en vez de contar con la hermosa libertad para ir y venir, divertirse, reunirse con amigos, pasear, ir a trabajar o estudiar, ante el peligro incesante, es mejor que se sepa acompañada y aunque la compañía sea lejana, la sienta protectora?
En este mundo estamos y aprendemos a vivir con el asecho potencial y el deseo que no ocurra, buscando la paz interior, recurriendo a la magia de la energía bondadosa de un ángel, a la oración de compañía, a la cancelación de malos pensamientos, la evasión en la lectura o la creación de un texto o una y mil imágenes que nos transporten lejos de los sin alma, que queremos lejos, que quisiéramos en otro mundo, por lo que recurrimos a la evocación de la justicia divina, una que los identificara y los enviara a un universo paralelo, uno en el que solo quepan ellos y sus míseras existencias, uno en el que con su sola compañía y sin tener a quien dañar, se les diera la oportunidad de redimirse y aprender que existir puede ser hermoso, reconociendo y practicando el amor y el respeto por el otro.
* Jatzibe Castro Castro es pintora y escritora.
Instagram: Jatzibe_Castro
Imagen de portada: Pixabay.
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