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Los hijos en vacaciones

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 31/03/2016

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©Gaudencio Rodríguez Juárez

Jueves 31 de marzo de 2016

 

Durante las vacaciones los niños y niñas dejan vacante el puesto de alumno; tienen licencia para no asistir clases. Con ello se abre la posibilidad de dedicar el tiempo a otras cosas, a otras actividades que toquen otras áreas de su sensibilidad, de su inteligencia y de su creatividad que la escuela con su dinámica de vida no tocan.

Pero la sociedad, en una supuesta atención a los intereses del niño, se ve seducida a ampliar los planes de aprendizaje mediante nuevos cursos, talleres que se traducen en más estudio, más horarios, más aprendizaje programado: objetivos, evaluaciones, metodologías, técnicas, que exigen resultados tangibles, para satisfacción y tranquilidad de los padres.

Con esta buena intención se obturan la posibilidad de aprender otras cosas, de otra manera, por ejemplo, el juego libre con otros niños que permite el acceso a habilidades de socialización, empatía, planeación, cooperación…; o el ocio que estimula la imaginación; o la participación en actividades domésticas y vecinales que fomentan el autocuidado y el cuidado del medio ambiente.

O la posibilidad de compartir espacios y momentos de manera natural y espontánea con padres y familiares. Lo cual tiene sus consecuencias. Por ejemplo, la imagen del niño admirando a su padre o a su madre se ve comprometida ante la falta de oportunidades para conocer aquellos talentos, aptitudes, habilidades, fortalezas y demás atributos que detonan la admiración, porque, ¿cómo admirar a un padre que no está? ¿Cómo admirar a una mamá desbordada ante las exigencias de la vida diaria? ¿Cómo admirar a los padres si el hijo los conoce poco? ¿Cómo admirar a los padres y a los adultos en general si las proezas de estos ocurren en los centros de trabajo a los que el niño casi no tiene acceso?

Tuve la fortuna de crecer en un pueblo pequeño, Cd. Manuel Doblado, Guanajuato, donde adultos y niños se mezclaban con naturalidad. Al lado de mi casa vivía y trabajaba “don Manuel”. Para los ojos del niño que fui, verlo en su silla tejiendo el huarache con destreza y pegando las suelas con las tachuelas que saltaban en su boca esperando el turno para ser clavadas, todo ello con la pericia de unos brazos correosos, era digno de admiración.

En otra casa cercana a la mía observaba la forma en que “doña Merce” manejaba el fuego, la masa y la máquina manual para la elaboración de las tortillas; mis ojos bailaban fascinados al ritmo de sus manos mientras mi nariz seguía los olores que de ahí emanaban.

A unas cuadras trabajaba un alfarero, nunca supe su nombre, sólo mantengo la imagen de un hombre sentado en el piso dando forma al barro, siempre silencioso, concentrado, sereno: nunca crucé una palabra con él, yo sólo me sentaba en el marco de la puerta y observaba, hipnotizado, su trabajo, mientras que él de vez en cuando me veía de reojo y me regresaba una leve sonrisa.

Y a tres cuadras se encontraba el estudio fotográfico de mi padre, al cual veía en acción constante: hábil, observador para la mejor toma, negociador con los proveedores, afable y servicial con los clientes, resolutivo, gozoso con su trabajo.

Crecí rodeado, en el día a día, de hombres y mujeres de quienes aprendí todo aquello que ahora tendemos a delegar a las instituciones, a las escuelas, a los cursos y talleres, a los centros de estimulación, a los profesionales de las relaciones humanas: fortaleza, organización, responsabilidad, concentración, serenidad, paciencia, afabilidad, gozo, motivación al trabajo, gusto por la vida, voluntad, seguridad, temple, cooperación, solidaridad, trabajo en equipo…

El mundo es otro al de hace treinta años o más. Lo sé. Pero quien tenga la posibilidad no debería dudar en abrir espacios para rescatar lo esencial para la formación de los niños y niñas: el juego libre con sus pares, el acercamiento a las actividades de los adultos y la convivencia e interacción con éstos. Y las vacaciones pueden ser esa oportunidad. Basta con hacer ajustes a las rutinas y dinámicas cotidianas para abrirles ese espacio robado, para que nos miren, para mirarlos, pero sobre todo, para que se miren a sí mismos.

Tales cosas han de suceder en la calma, en la interacción humana, en el día a día.

* Psicólogo / [email protected]






Luis López




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