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Los que transformaron en 20 días la Nueva España en México

Diálogo Estado / Top News / 06/09/2017

SOMOSMASS99

 

Esther Sanginés G.*

Miércoles 6 de septiembre de 2017

 


La abolición del tributo y las castas, gran triunfo de Hidalgo y los insurgentes que transformaron en 20 días la Nueva España en México


 

La Nueva España, ese territorio tan vasto, era gobernado por un Rey lejano, un Virrey, la jerarquía católica, un ejército y un porcentaje mínimo de españoles que ostentaban los cargos públicos. Para mantener esa estructura se cobraban el quinto real, los diezmos y los tributos.

¿Quiénes pagaban los tributos? Primero, las repúblicas indígenas o pueblos de indios, que se habían formado desde los primeros años de la colonia, con la ayuda de los frailes que soñaban con utopías igualitarias. Los pueblos indios tenían: la posesión colectiva de la tierra, la existencia de un sistema judicial paralelo, la primacía de su lengua materna, el autogobierno y pagaban un tributo regulado. Este era incluso menor al diezmo y lo calculaban los alcaldes y gobernadores indígenas. Segundo, los no indios o los indios sin pueblo que tenían prohibido vivir en pueblos indios y trabajaban como asalariados, medieros o rentistas,  entre ellos estaban los laboríos. Para ellos el tributo era calculado, recolectado y administrado  por funcionarios y mayordomos “españoles”, quienes lo ponían a su arbitrio, con abusos que mantenían a la población en condiciones de miseria.

Miguel Hidalgo prendió la chispa de la insurrección el 16 de septiembre de 1810, gritando: Viva la libertad, Viva Fernando VII, mueran los gachupines, Viva la independencia. Lo escucharon unas cuantas personas. Después de liberar a los presos, recorrer el camino hacia Atotonilco y tomar allí el estandarte de la Virgen de Guadalupe, apenas tenía unos 600 seguidores. En Chamacuero (hoy Comonfort) se le unieron una gran cantidad de indios, en Celaya hubo un primer motín contra los españoles, y se siguieron sumando más insurgentes, entre todos tomaron Guanajuato y la Alhóndiga de Granaditas, refugio de los españoles colonialistas.

Luis Fernando Granados [1] se pregunta: ¿cómo fue posible que un puñadito de rebeldes que salieron de Dolores el día 16 de septiembre de pronto se vieran acompañados y empujados por el ejército más grande que había podido verse alguna vez en Nueva España?

Y responde: Hidalgo prometió abolir el tributo en los primeros días de la guerra y el tributo se encuentra en el corazón del movimiento armado, porque era resentido por miles de habitantes del Bajío. Cuando queremos entender la historia como producto de las acciones de ciertos personajes claves o de causas y efectos, se nos olvidan los procesos, la forma cómo las personas se transforman al participar.

Hidalgo que venía de Dolores y San Felipe, donde no había indios laboríos, en un principio consideró el tributo como algo secundario, pero en el transcurso del proceso revolucionario descubrió su verdadero significado, pues su contacto con los insurgentes de a pie era muy fuerte, no sólo hablaba purépecha, náhuatl y otomí, también los escuchaba en su idioma, no es casual que haya recaído en él, el mando de la insurgencia. Le bastó una semana para comprender las necesidades más profundas de sus seguidores; en siete días el proceso lo había transformado. Nos dice Granados: “Tras tomar Chamacuero y San Juan de la Vega el 19 de septiembre, los rebeldes pasan la noche en la vecina hacienda de Santa Rita, esperan más de 24 horas a que el subdelegado español se retire de Celaya y entran triunfantes al día siguiente en la ciudad… donde nombran autoridades, organizan el ejército con bombo y platillo, Hidalgo es nombrado capitán general, y sólo el 23 de septiembre, cuando la rebelión está cumpliendo una semana de edad, emprenden camino hacia Salamanca”, imparables.

El régimen monárquico español expresaba la explotación económica y el dominio político en términos culturales –nosotros los españoles (originarios y avecindados), ustedes (los despreciables) indios y pardos. La identidad, la cosmovisión y los objetivos de los insurgentes de a pie, los indios y los pardos que siguieron a Hidalgo tiene que ver con el tributo y la denigrante clasificación de seres humanos en castas (los pardos).

Celaya era una especie de bisagra entre la Mesoamérica posclásica y la Norteamérica española. Aquí se asentaron indios cuyo origen y cultura son desafiantes. No eran originarios de Guanajuato, muchos eran colonos otomíes, nahuas y purépechas, había cantidades significativas de mulatos y negros, que no habían podido proveerse de más personalidad jurídica que la genérica de indios, dentro de la categoría de civilizados y como tendían a vivir y ser empleados en tierras de labor españolas, se les llamó laboríos.

Las tierras que rentaban y mediaban los laboríos funcionaban más o menos como tierras de común repartimiento y sus asentamientos eran pueblos de facto, pero no eran reconocidos como pueblos y por ello casi no tenían acceso al conjunto de derechos e instituciones que caracterizaron la vida indígena en la Mesoamérica colonia, sin embargo, eran obligados a tributar al rey de España. Las tierras que cultivaban eran en términos generales de menor calidad y casi nunca las tenían en propiedad, eso los exponía más fácilmente a ser expulsados de ellas. Su condición era de medieros, rentistas o jornaleros.

Granados proporciona datos: Más de 135 mil personas vinculadas con los laboríos, o sea el 58.10 % de la población indígena no organizada en pueblos, vivía entonces en la intendencia de José Antonio Riaño. Tendían a concentrarse alrededor y sobre el rosario de ciudades españolas que se extendían de Celaya a Silao, exactamente la ruta que los insurgentes habrían de seguir después de no tomar el camino de Chamacuero a Querétaro el 19 de septiembre de 1810. La región de Celaya-Salvatierra contenía casi un tercio de todas las personas de condición laboría del Virreinato. Los pueblos de indios deben haber sido para los laboríos un recordatorio cotidiano de que una forma de vida más digna era posible, pero que no tenían acceso a ella.

El intendente de Guanajuato, Juan Antonio Riaño, al enterarse de la magnitud de la rebelión, decidió quitarles la bandera más importante a los insurgentes. Él sabía el significado del tributo, pues lo cobraba, así que lo abolió en vísperas de la toma de la Alhóndiga, como medida contrainsurgente. Al enterarse los laboríos, sintieron la abolición como una expresión de miedo y el efecto fue adverso.

Apenas una semana después de la toma de la Alhóndiga y el pánico que provocó  la matanza de españoles en Guanajuato, el Virrey Venegas hizo público el decreto de abolición del tributo que a Riaño no le había servido. Por lo que después del 5 de octubre de 1810 nadie en Nueva España quedó ya sujeto al pago de tributo. Se destruyó así una de las instituciones coloniales más importantes, se redefinió y resquebrajó el pacto colonial. Venegas incluso mandó traducir el decreto al náhuatl.

Por si fuera poco, el 15 de octubre “la junta auxiliar de Guadalajara prometía cancelar la deuda tributaria de todo indio o pardo que se incorporara a las tropas encargadas de reprimir la insurrección”.

Apenas 19 días después del primer “grito” de libertad e independencia, la rebelión alcanzó una victoria política espectacular, que efectivamente corroyó todo el andamiaje colonial: la abolición del tributo de los indios, los mulatos y los negros libres.

Aunque parezca que el movimiento de Hidalgo fue derrotado con las armas, el triunfo de sus ideas libertarias es muy claro: la Nueva España se transformó en México, que a pesar de Iturbide comenzó su vida independiente sin castas, ni esclavos, ni tributos.

Ellos cumplieron con su momento histórico y empezaron a transformar el país. ¿Qué nos toca a nosotros?


[1] Luis Fernando Granados; En el espejo haitiano. Los indios del Bajío y el colapso del orden colonial en América Latina; Ediciones Era, 2016.

Esta es una colaboración del colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, al que pertenece la autora.

Foto de portada: Poblanerías.






Luis López




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