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Víctor Corona*
Más lecciones de amor

Y te haces viejo y piensas que ya lo sabes todo.
Te haces viejo y no puedes evitar ver con ternura cómo los morritos de la secundaria se enamoran y lloran y ríen con ese encanto tan shingón de las primeras caricias.
Los primeros bríos.
Los primeros jadeos.
Los primeros gritos.
Y dices. Yo ya sé. Todo es una idea. El amor está muy lejos de aquella frase que leíste de Cortázar.
¿Cómo era? Ah, sí.
– El amor es un rayo que te parte.
Y te sientes bien cool. Dices, es la tranquilidad de la madurez. Al final la vida se resume a costumbres y hábitos.
Levantarse para ir al trabajo.
Un poco más temprano que tus morritos para poder ver con tranquilidad cómo sale el sol por el Tibidabo. Y poder tomar el café con un poco de calma.
Después viene el torbellino.
Poner el desayuno. Despertarlos. Besitos. Buenos días. Ponerse la ropa. Levantar el plato de la mesa. Lavarse la cara. Las manitas. Los dientes. Coger la mochila. Acompañarlos a la escuela. Irte para el trabajo.
Y vas bajando por la calle y ves personas. Todas más o menos con la misma cara que tú. Esa que dice, el amor, tal y cómo lo habíamos pensado, está muy lejos de este lado de la acera.
Y te acostumbras. Porque a tu mujer la quieres. No es que no la quieras. Y te gusta. Porque no es que no te guste. Y le tienes confianza. Porque tampoco es que no le tengas. Simplemente la fuerza de la costumbre ha hecho todo como un cuadro en el que ya no puedes intervenir. Es más, cualquier intento de hacerlo es como una bomba molotov en medio de un jardín de niños. Así que, aunque a veces protestes, la mayor parte del tiempo callas.
Pero el amor, o la idea que tenemos de él, sigue por allí. Bien agazapado.
A veces se cuela, por la finas paredes del costado.
Cuando los vecinos hacen el amor de forma… ¿incansable?
¿Es posible hacer el amor más de cinco minutos?
¿Es posible gritar de amor un lunes a las diez de la noche?
¿Es posible hacer eso aunque echen por la tele un documental súper interesante de Palestina?
Pero no es que no te hayas dado cuenta de lo que ha ido pasando.
De hecho, lo has dicho de muchas maneras.
A veces explícitamente. A veces de manera implícita.
Esto se muere. Esto no va.
Pero la raza te dice.
Esto es normal.
Libérate del amor romántico.
Libérate del patriarcado.
Y la neta te la crees.
Y no es que no duela.
No es que te haga la espalda más curva (todavía más).
Pero piensas. Esto es la vida.
Resignación.
Lo otro son solo ideas tuyas.
Es culpa de Rilke. Es culpa de Cortázar. Es culpa de Bolaño.
Pero luego la vida te tiene preparada trampas.
Trampas bien dulces.
Trampas que huelen a yerba.
Trampas que cuando les tocas la cara cierran los ojos.
Como si las pestañas te acariciaran el alma.
Esa que pensabas que estaba ya muerta, resignada.
Pero la trampa también está contra el patriarcado.
La trampa también te dice que es todo idea.
Que lo fuerte. Lo duro. Lo importante es lo otro.
Lo que has construido. Lo que han construido.
Que los tiempos modernos nos invitan a vivir sólo el momento.
Somos una cultura del momento.
Pero tú eres un vato zarra de Mexicali.
Y no se te olvida aquella mañana, en la que tenías ganas de calar fuego a las universidades. A todas. Que no quedara ni una sola.
Y entonces ella, la trampa, esa que huele a yerba recién cortada, te invitaba a montar a una bicicleta y partirle su madre al dolor.
Y ambos atravesaban el bosque. Ella sonreía pero tu llorabas por dentro.
Porque sabías lo que había del otro lado. Porque sabías que era imposible volver el tiempo atrás. Aunque fuera un segundo.
Que el semáforo se volviera a poner en rojo.
Para mirar su espalda. Para asomarte por el escote.
Y tu la veías. Más joven. Más fuerte e infinitamente más bella que tú.
Atravesando ese puente larguísimo de madera. Sabiendo que al otro lado, quizá a unos pocos metros, hay alguien esperando para amarla.
Y duele, porque sabes que no eres tú.
Pero como lo dicen todos. Las cosas vuelven a la normalidad.
La normalidad es una aplanadora bien culera.
Al menos para mí.
Y aquí estás de nuevo. Diciéndote a ti mismo que el amor, tal y como lo imaginas, es una herencia opresora del patriarcado.
Toca apretar el alma. Toca llorar bastante, la mayor parte en silencio.
Y hacer caso de lo que te dice la trampa. Recordar la magia. Aunque sepas que eso significa no volver a vivirla.
Y me levanto de la mesa y a veces me convenzo.
Pienso en los tiempos de los millenials, con miles de amores posibles.
Y pienso, me estoy haciendo viejo.
Porque nunca el reggaetón me ha sonado más triste.
Porque nunca antes Ivy Queen me pareció tan melancólica.
Porque nunca antes estuve tan de acuerdo con Cortázar:
El amor es un rayo que te parte.
* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente se dedica a la investigación.
Foto de interiores: Patrick Hendry (@worldsbetweenlines) / Unsplash.
Foto de portada: Massimo Adami (@massimo_adami) / Unsplash.
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