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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 28 de junio de 2018
El mundo cambia si dos se miran y se reconocen
– Octavio Paz
Una paradoja envuelve a los vínculos humanos: por un lado, las tecnologías de la información y comunicación acortaron las distancias; sin embargo, nunca como ahora se habían experimentado niveles significativos de soledad y aislamiento.
La telefonía, el internet, chat, Facebook y demás tecnologías de conexión permiten enlazarnos con el otro con mayor facilidad, pero nunca como ahora habíamos estado tan desunidos, tan desvinculados. Aumentan las tecnologías de conexión y disminuyen las habilidades sociales y para la convivencia y el diálogo.
Así están las cosas. En esta sociedad nacimos. Pero, ¿quién crea esta sociedad? La respuesta no es sencilla ni lineal; sucede que, por principio de recursividad, las personas crean las sociedades que crean a las personas. Es decir, somos causa y consecuencia, las creamos y nos crean.
Nos tocó nacer en una época caracterizada por el deseo de vivir en la inmediatez y en el presente, sin memoria del pasado, sin proyecciones a futuro, sólo hoy, una época de pragmatismo, hedonismo, narcisismo exacerbado, falta de compromiso con el otro, con desaparición de idealismos; de liberación personal y de culto al cuerpo. Nadamos en ello y luego lo reproducimos.
Hemos construido un mundo desbocado que exige vivir deprisa, coartando la generación de espacios físicos y emocionales para el encuentro, para la convivencia humana, para el diálogo y la reflexión que permitan simbolizar las experiencias cotidianas y darle sentido a la existencia. Y la carencia de este tipo de espacios contribuye a la alienación, a la no existencia del individuo como tal, es decir, a la deshumanización, y, en consecuencia, a la violencia.
La desvinculación de las personas y la pérdida de habilidades, actitudes y motivaciones para la convivencia, así como la deshumanización, pueden revertirse mediante la promoción, implementación y multiplicación de espacios para el encuentro humano, mediante la generación de momentos de diálogo, de esos que aún se dan en los pueblos pequeños donde las personas sacan sus sillas del comedor para colocarlas en la acera, sentarse en corro y platicar, simplemente platicar, y en ese acto reencontrarse y reconocerse.
De esos encuentros surge la reciprocidad donde cada uno es para el otro como él mismo, donde cada cual es medio en el proyecto del otro. ¿Y acaso no es la reciprocidad una urgencia en un país (y en un mundo) donde el individualismo, la desvinculación y aislamiento impiden fortalecer el tejido social, enfermando y hasta aniquilando a sus miembros?
En los vínculos está la clave, porque estos son la vía para la conformación de la personalidad de los individuos y para el fortalecimiento de los grupos humanos. Los vínculos también nos salvan del aislamiento que lleva a la desolación, a la locura.
El mundo cambia si dos se miran y se reconocen. Y es en el contacto humano y en la convivencia habitual donde las personas podemos miramos, tocarnos, olernos, conocernos y re-conocernos, lo cual facilita aceptar al prójimo como alguien que siente, piensa, vibra, sueña… Entonces es fácil amarlo. Y es por el amor que el mundo cambia, es por el Eros que el mundo sigue girando, que la vida sigue transmitiéndose.
Necesitamos pues, más contacto humano y menos conexión a la red; más diálogo frente a frente y menos Facebook; más colectividad y menos individualismo; más reciprocidad y menos narcisismo; más silencio y menos ruido; más espacios para el encuentro humano, menos prisa.
Manos a la obra.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Pixabay.
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