SOMOSMASS99
Redacción / SomosMass99
Ciudad de México / Jueves 11 de mayo de 2017
- El artista se presentó en nuestro país con un trabajo inspirado en el devastador terremoto ocurrido en Japón en 2011
Este martes el Teatro de la Danza del Centro Cultural del Bosque vibró con la entrega del bailarín y coreógrafo japonés Atsushi Takenouchi, quien por primera vez se presentó en nuestro país, haciendo del cuerpo un vehículo que develó sus misterios con cada movimiento y sacudió al espectador de formas insospechadas.

El bailarín japonés Atsushi Takenouchi. | Foto: Maciej Rusinek / INBA.
Takenouchi ofreció una única función de Mil gotas, mil flores, coreografía dedicada a la Madre Tierra, una ofrenda dancística que alude a la naturaleza y honra la vida, la muerte y el esplendor de bailar.
Se trata de una invitación para adentrarnos en la profundidad del ser, a través del cuerpo convulso de este bailarín, quien destacó por su fuerza escénica y motivos expresivos, una gama casi infinita de movimientos que discurrían por la sutileza, la furia y la desesperanza.
Este bailarín dejó ver como el cuerpo se hace viento, marcando un espiral continuo al centro del espacio, que descendía en intensidad y ritmo, contrastando con las secuencias posteriores donde lentamente desgranaba cada parte de su cuerpo.

Foto: Ridden by Nature / INBA.
Su danza es el sentir de emociones profundas, que se leían en su rostro y en el pulso casi perceptible de su sangre, un rumor de vida y muerte continuo que estremeció a los asistentes.
El director de la compañía japonesa Jinen Butoh, indagó sobre sus raíces y la conexión naturaleza-vida, en una danza ritual de múltiples matices, con el estilo que lo ha distinguido.
Su vestuario, basado en el kimono tradicional pero de corte contemporáneo, comulgaba con la escenografía mínima de flores y polvo blanco, una ofrenda a los muertos del devastador terremoto ocurrido en Japón en 2011.

Foto: Tomohisa Saito / INBA.
La suya es una danza que abraza, para salir del letargo de lo cotidiano y confrontarnos con toda nuestra humanidad desde una estética poco convencional: falanges rígidas que seguían trayectos diminutos, brazos alígeros en agonía, un torso desnudo que a instantes se desplomaba.
El espíritu de este hombre inundó el espacio escénico, acompañado de los ambientes sonoros y la música de la compositora Hiroko Komiya, quien se valió de cuencos, agua, campanas, piedras y otros instrumentos para cobijar al público con su magia.
Esta fue la ofrenda de Takenouchi, un hombre que cree que la danza ritual proviene del interior y que el Butoh permite que cada persona encuentre su propio movimiento, una conexión con el jinen, concepto que engloba todo lo que sucede como experiencia de vida, todo lo que nos sacude por dentro.
Con información del Instituto Nacional de Bellas Artes.
Foto de portada: Antonio Cruz / Cuartoscuro.
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