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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 12 de mayo de 2017
El pasado 8 de mayo, en Hunucmá, Yucatán, Enrique Peña Nieto hizo declaraciones en el sentido de que su gobierno cree en la empresa privada y en la libre competencia; cree, además, que la mejor forma de combatir la desigualdad es la generación de riqueza. Y en apoyo a las reformas estructurales, llamó a “no cambiar el rumbo”.
La cantaleta de la empresa privada y la libre competencia está tan desgastada y fuera de la realidad que solamente los muy despistados se la tragan, porque quienes la propagan lo hacen a sabiendas que es un mito.
Aclaro: Desde el surgimiento y, sobre todo, el dominio de los monopolios, concluyó la era que pudiéramos llamar romántica del capitalismo y con ella desapareció la libre competencia. Quienes determinan los precios de las mercancías no son la oferta y la demanda sino los grandes productores que dominan el mercado; por otro lado, la búsqueda desaforada de cada vez mayores ganancias y la concentración y centralización del capital, tendencias naturales del sistema, eliminan a quienes ilusoriamente creen en la libertad de empresa y la competencia.
En cuanto a la generación de riqueza, ¿de dónde ha salido toda esa enorme riqueza que han robado y dilapidado (y continúan haciéndolo) tantos políticos y empresarios, además de la que se utiliza en inversión pública?, de dónde más sino del trabajo de millones de mujeres y hombres, entre los que se encuentran niñas y niños, que con su cotidiano aporte de valor (esfuerzo), físico o intelectual, son los creadores de los bienes y servicios que la sociedad consume y que al realizarse comercialmente produce enormes ganancias para los propietarios de los medios de producción y unas migajas para los productores.
Si algo caracteriza al capitalismo es la desigualdad y la inequidad, por lo que sin importar qué tanta riqueza se genere, si la distribución de la misma es en extremo inequitativa y desigual, seguirán prevaleciendo la pobreza, la miseria, el desempleo, la desigualdad, el deterioro de la calidad de vida y los problemas que esas condiciones generan en la sociedad.
Y son precisamente las reformas estructurales las que desde hace 35 años han causado el deterioro acelerado y constante de las condiciones de vida y de trabajo del pueblo mexicano, las que tienen a más de la mitad de la población en la pobreza y las que han promovido la concentración de la riqueza que genera el pueblo trabajador en unas cuantas manos, las de la oligarquía y la alta burguesía.
Y le va tan bien a la oligarquía y a esa burguesía que a través de su mayordomo y vocero en turno llaman a no cambiar de rumbo, un rumbo que después de 35 años de (contra) reformas va a gran velocidad pero en sentido contrario de las ilusiones que le vendieron al pueblo y que, seguramente, intentarán venderle o imponerle mediante la propaganda que acostumbran desplegar, para las elecciones federales del próximo año, propaganda que en ocasiones raya en terrorismo mediático.
Es por ello que el llamado de Peña Nieto significa más de lo mismo. La riqueza que pueda generarse en una sociedad, cuando no se distribuye equitativamente provoca lo contrario de lo que la demagogia oficial y oficiosa pondera y genera aún más desigualdad y pobreza.
Y mientras vivamos en un sistema en el que importe más el tener que el ser y en el que el objetivo sea la ganancia a toda costa, seguirán vendiéndonos falsas ilusiones y nos alejaremos cada vez más de la aspiración de vivir dignamente.
La solución está en nosotros: el pueblo.
* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular de Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Moisés Pablo / Cuartoscuro.
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