Con toda indignación
Agustín Galo Samario
La desaparición de 43 jóvenes y el asesinato de tres más, todos estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa, Guerrero, no debería dejar de causar indignación a nadie. Han pasado ya casi 15 días del ataque en la ciudad de Iguala y ninguna autoridad, municipal, estatal o federal, ha logrado dar con el paradero de los muchachos. De hecho, ni siquiera han dado atención psicológica a los familiares. Por el contrario, prácticamente todo se ha reducido a promesas de hacer justicia y de llevar a los responsables ante la ley.
El PRD, en particular su dirigente nacional Carlos Navarrete Ruiz, se ha dedicado a hacer representaciones de todo tipo. Desde pedir disculpas a los guerrerenses, llevar a su Comité Ejecutivo Nacional a sesionar a Iguala, tomarse fotografías con solitarias mujeres de la tercera edad y a pedir perdón por enésima vez por haber postulado a José Luis Abarca para presidente municipal de esa demarcación. Escenificaciones mediáticas con las que, además, intenta no sólo defender a su partido sino al gobernador Ángel Aguirre Rivero, quien ahora está más que claro: o no gobierna, o lo hace solapando a autoridades que se alían con criminales.
Por eso la indignación de miles de ciudadanos en el país y en el mundo. Por eso los gritos en Guanajuato, Celaya y León de “¡gobierno fascista que mata normalistas, por qué nos asesinan, si somos la esperanza de América Latina!”. Por eso Jorge Volpi, en la inauguración del Festival Internacional Cervantino, pidió “admitir que seguimos siendo salvajes. Bastaría enterarnos de las tragedias que cimbran a Siria o a Irak, o más cerca de nosotros, de los brutales asesinatos de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa, en Iguala, para perder cualquier confianza en el género humano».
A estas alturas, ya ni siquiera vale acudir al lugar común de que en cualquier democracia del mundo el gobernador guerrerense ya habría sido expulsado del PRD, obligado a renunciar y sometido a proceso, al menos, por omisiones graves. Porque, en realidad, lo que está gritando el mundo, incluida la ONU, es que el ataque en Iguala es la atrocidad más grande no vista en mucho en tiempo y eso, sin duda, debe tener alguna consecuencia.
Nunca han bastado las voces que han advertido del peligro de no emprender acciones contundentes contra la corrupción y poner en marcha políticas gubernamentales serias para recomponer el tejido social. Porque, tarde o temprano, las inconformidades ciudadanas terminarían por desbordarse hasta poner en entredicho la gobernabilidad del país.
Pero a pesar de todo, nuestros jóvenes en todo el país han vuelto a las calles a exigir cordura y justicia. Contra la tristeza y con indignación, por fortuna, infinidad de muchachas y muchachos en Guanajuato se han decidido a levantar la voz para exigir que regresen los 43 desaparecidos, para gritar que se haga justicia a los muertos y para protestar contra esa parte de nuestros políticos que al parecer, en esta hora, lo único que quieren es salvar el pellejo y evitar la condena pública. Hoy, como en el 68, la esperanza vuelve a estar de lado de los estudiantes. Gracias a ellos, no todo está perdido.
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