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©Gaudencio Rodríguez Juárez
“Si a la mayoría de nosotros se nos educó en el esquema de trabajar, cultivarse y luchar por lo que se desea, ¿por qué ahora dejamos de inculcar eso a nuestros hijos y en su lugar estamos formando adultos que no quieren crecer (adultescentes)?”, inquietud de una atenta lectora de esta columna que abre otras interrogantes: ¿por qué la sobreprotección y permisividad con los hijos de hoy? ¿Por qué hacemos las cosas por ellos e impedimos que tomen riesgos y asuman responsabilidades? ¿Por qué les impedimos el acceso a emociones y sentimientos que fortalecen la personalidad, tales como, frustración, desilusión, tristeza…?
Estas interrogantes han sido abordadas por estudiosos en el tema.
Los doctores Evelyn Prado y Jesús Amaya describen la manera en que evolucionaron las actitudes parentales en las últimas tres generaciones.
La primera está conformada por los nacidos entre 1935 y 1950, y son aquellas personas que aprendieron a ahorrar con base en su trabajo, a ser empleados obedientes, formales, y casi nunca cuestionaban las decisiones de su jefe. Estas relaciones basadas en la disciplina estricta y formalidad se reflejaban en el seno familiar, donde los hijos obedecían y respetaban no sólo a sus padres sino también a sus abuelos y tíos.
La segunda generación son las personas nacidas entre 1951 y 1984. Crecieron en la época de rebeldía, cambio, cuestionamiento y desafío a lo establecido: autoridad, ideologías, instituciones, etcétera. Aquí lo pragmático y lo útil se volvió muy apreciado.
A partir de 1985 nacieron los de la tercera generación denominada de muchas formas hijos tiranos, dictadores, emperadores. Son niñas y niños creciendo en una diversidad de estructuras familiares donde la nuclear no es la constante: monoparentales, multigeneracionales, adoptivas, reconstruidas, homosexuales y un largo etcétera. Los niños esperan ser guiados, pero no supervisados y menos ser obligados a obedecer sin razón alguna; el trabajo lo perciben como un mal necesario y la vida, como algo que debe disfrutarse a cada momento. Han pasado de una tendencia pragmática a una que busca el placer, la comodidad y el menor esfuerzo.
Bajo este esquema se puede explicar el cambio de actitud parental. Los padres de hoy, durante su niñez vivieron la autoridad absoluta de sus padres; el autoritarismo, la represión, el castigo corporal y la falta de expresión afectiva ―sobretodo por parte del padre― solía ser el estilo predominante; las carencias provocaban que sus necesidades no fueran satisfechas o tardaran mucho en cubrirse; recibían uno o dos regalos especiales al año solamente: el día de Reyes o el de cumpleaños; y en ocasiones ese juguete deseado nunca llegó.
Prado y Amaya afirman que es por eso que la actual generación de padres realiza hasta lo imposible para que sus hijos no experimenten lo que ellos vivieron de pequeños. Desafortunadamente muchos se van al extremo y evitan ser vistos como autoridad y se autodefinen amigos de sus hijos; eluden establecer reglas y normas, porque consideran que en la libertad está el crecimiento maduro y pleno; evitan la privación porque creen que esto produce baja autoestima y tratan, por todos los medios, que sus hijos no sufran la demora del acceso a satisfactores porque piensan que ello es causa de frustración.
Las circunstancias económicas, políticas, sociales y tecnológicas afectan positiva y negativamente las relaciones familiares, modelos de crianza y estilos de convivencia. Reflexionar y analizar la época que nos toca vivir permite aprovechar los beneficios de la posmodernidad para la construcción de seres humanos solidarios, respetuosos y amorosos.
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Psicólogo / [email protected]
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