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Pautas poéticas II: Breve comentario a la poesía de José Carlos Becerra

Diálogo País / Para Ver, Oír y Comer / Top News / 18/03/2020

SOMOSMASS99

 

Sara Rivera*

Miércoles 18 de marzo de 2020

 

El ser humano constituye la más alta creación del mundo animal como la flor del reino vegetal, del mineral se reconoce al diamante, en tanto del literario el poema resulta el más excelso, gracias al artificio que lo articula. Es, hasta hoy, cúspide de todos los géneros literarios existentes y fundados por la cultura escrita. Como el diamante, el poema es una pieza de joyería que posee una estructura hecha de palabras (átomos) que se disponen en variantes y construyen una organización lingüística óptima (cristalina para el caso del diamante). En ese sentido, el poema no es cualquier tipo de expresión verbal, sino una que aspira a ser perfecta en contenido (qué dice) y organización (cómo lo dice). No considerar este hecho cuando se lee poesía sería como confundir un diamante con un carbón. La diferencia entre uno y otro es de apenas su distribución atómica, es decir, por la red o entramado que cada uno propone de sus partículas.

Izquierda: Alótropo del diamante. | Derecha: Alótropo del carbono.

Ambos están hechos del mismo elemento químico pero su disposición da resultados opuestos. Lo mismo ocurre con el lenguaje común y el estético. Su intención y organización léxica (sus palabras) producirán o no un poema. Es amplia la gama de disposiciones poéticas, aunque no infinita. Los poetas de la tradición hispana suelen inclinarse (oscura razón) por formas tales como sonetos, canciones, coplas, rimas, verso libre. De estos, José Carlos Becerra (1936-1970) optó por el versículo.

El versículo es un verso de largo aliento que desdeña las formas básicas de la poesía (rima, estrofa…). El poeta tabasqueño lo emplea parcialmente al eliminarle su carácter religioso ‒espacio donde suele proliferar este verso (libros enteros de la Biblia están escritos así)‒ para unirse a la corriente surrealista. El suyo es un verso crepuscular, amoroso, de intersticios, cuyas constantes se vislumbran de inmediato y donde el poeta es testigo irrevocable de los hechos de un mundo que lo traspasan:

Esa yerba sombría que nos crece en los ojos de noche,

el impuro descanso que somete al dormido,

el dolor resplandeciente de los hospitales recién inaugurados,

el silencio que agrieta los cuerpos de las vírgenes,

el lecho donde el amor soltó su reino,

el cementerio donde los nombres son masticados por el silencio;

todo ha cruzado por mi corazón,

todo realiza su caminata en mi pecho. («El muelle»)

Hallamos en los poemas de José Carlos Becerra sinuosidades que van de la luz a la sombra, que ascienden o descienden al corazón. La invención aparece ante nuestros ojos como algo revelado, aunque conocido en otro tiempo. Su lectura es esa suerte de verdad anunciada, como señala Jorge Luis Borges de Platón y Bacon: entonces el lector se lanza hacia el poema (cosmos infinito entre los lectores) e intuye, descubre (recuerda) algo cercano, ya sabido, pero al mismo tiempo olvidado. De ahí que el significado real del poema sea individual e irrepetible ‒como lo son sus lectores‒. En este sentido, algo de infinito tiene la poesía, es el chamán-lector quien descifra en su estado de transe (¿dolor acaso, enamoramiento, locura o muerte?), la verdad que el poema guarda solo para él.

No es casual que la poesía y la Biblia refieran temas semejantes: el amor, la libertad, el tiempo, y contenga ese espíritu de superioridad e infinitud. Tampoco que indaguen, como la ciencia moderna, verdades del universo. La poesía de José Carlos Becerra genera esta sensación de inagotabilidad y tiene la capacidad de establecer con su lector una conversación profunda. De fondo, posee ese carácter arrojado requerido para plantearse dudas que colocan al autor (después al lector) frente al vacío. Lo que hay frente al vacío es vértigo, el vértigo que ocasiona la verdad de la que tanto quiere huirse. Dice Becerra en tres poemas diferentes:

¿Está vedada la piedad en la estructura de los océanos? («Los muelles»).

¿Qué locura detiene su estribillo de astros en la mirada triste? («Piel y mundo»);

¿Quién conoció la antigua desnudez de las danzas humanas?

¿Quién conoció las ricas vestiduras con que los hombres, armados con el silencio de sus

dioses, se volvieron hacia el mundo sedientos de sí mismos? («Licantropía»).

Foto: Alexander Andrews (@alex_andrews) / Unsplash.

Cualquier respuesta posible conduce al espacio poético descarnado de la verdad y del consuelo. Como la ciencia y la teología, ciertos poetas responden a preguntas punzantes, atacan ahí donde el corazón y la identidad se ciernen hasta estrellarse contra sí o contra la realidad del mundo. José Carlos Becerra pertenece a ese puñado de poetas. Su rareza combina con la profunda y compleja poesía de la que ningún lector saldrá ileso si atiende a esa red temática que construye su propia selva conceptual y espiritual: amor, naturaleza, historia, divinidad, alma, olvido o memoria constituyen la apuesta de su obra. Los intersticios, las fugas, la inasiblilidad de la belleza, son su apuesta. Con Becerra, el lector sabrá cómo es que El otoño puede recorrer las islas inexploradas de la existencia, observará un mundo-fusión que todo lo atraviesa, como suele hacerlo la raíz de un árbol en una casa o el amor en el alma.


Referencias

Becerra, José Carlos. El otoño recorre las islas. México, Era, 1973.

Borges, Jorge Luis. ¿Qué es la poesía?, en Siete noches, México, FCE, 2011.

UNAM, José Carlos Becerra, en Voz Viva de México, México, UNAM, Literatura Mexicana LM-22, 2000, Colección Voces que dejan huella, en https://www.cecilia.com.mx/becerra.htm


* Sara Rivera López es doctora en Teoría Literaria, escritora y profesora de Teoría Literaria, Análisis de Discurso, Crítica literaria, Ensayo, entre otras materias en diversas instituciones universitarias (UNAM) nacionales, presenciales y a distancia. Se desempeña como especialista en procesos de lectura y escritura a gran escala.

[email protected]

Twitter: @Sara_Rivera

Foto de portada: José Carlos Becerra en 1967. Imagen tomada del libro La ceiba en llamas, de Álvaro Ruiz Abreu, Cal y Arena, 1996.






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6 Comentarios

el 18/03/2020

Excelentes comentarios…. Soy fan de Sara Rivera

    el 19/03/2020

    Bueno, ya tengo uno. Gracias Roque.

el 19/03/2020

Ya tienes dos querida Sara. Qué gormabtan maravillosa de hablar de la poesia en general y de la de Carlos Becerra.

Dejo mi admiración y un fuerte abrazo.

    el 20/03/2020

    Estimada Gloria, estimo infinitamente me leas, es mi mejor regalo.

el 19/03/2020

Seguro somos más de tres admiradores de tu letra. Me siento orgullosa de conocerte. Gracias por compartir tu artículo. Bendiga Dios tu vida y obra.

    el 20/03/2020

    Lety estimada, abrazos. Me encanta que me leas.



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