SOMOSMASS99
Agustín Galo Samario/ SomosMass99
León, Gto. / Martes 8 de marzo de 2016
Aun discriminadas, violentadas y con cargas excesivas de trabajo, las mujeres indígenas que llegan a León han empezado a entrar en un proceso de independencia y adquisición de poder que les abre las puertas para cambiar sus vidas, considera Giovanna Battaglia, directora del Centro de Desarrollo Indígena Loyola.
Entrevistada en el contexto del Día Internacional de la Mujer, Battaglia dice que hablar de comunidades indígenas es hablar de factores de vulnerabilidad. Primero porque por su propia pobreza, que genera desplazamientos, movilidad, no tienen arraigo. Una condición que a pesar de que los tratados, los convenios, hablan de un reconocimiento de sus derechos, en la práctica existe una cultura de discriminación, social y políticamente. Pero hablar de las mujeres es… mucho más.
De acuerdo al estudio Mujeres indígenas en América Latina, dinámicas demográficas y sociales en el marco de los derechos humanos, publicado por la Comisión Especial para América Latina y el Caribe (CEPAL), los pueblos indígenas, particularmente las mujeres, han sido y son afectados por distintos tipos de violencia, como el desarraigo, la prohibición de sus prácticas culturales, la violencia cometida por las instituciones estatales, la criminalización, el desplazamiento forzoso, el racismo y la discriminación cultural.
“Lo que yo he visto -dice Giovanna Battaglia- es que, además, las mujeres son un pilar importantísimo para la economía familiar. Es decir, cuando ellas se desplazan cumplen un rol muy importante para proveer los recursos de subsistencia, aunque a la vez continúan reproduciendo las prácticas machistas que existen en nuestro país. Por ende, tienen jornadas de trabajo muy extensas.
“En un ejercicio que hicimos sobre el trabajo, con reloj, vimos que tenían horarios de descanso de tres o cuatro horas, todo en función de la familia, de su función comercial. Y su persona, como individuo, está totalmente desdibujado, desvinculado de su proyecto de vida. La cuestión es que la carga laboral sigue siendo muy pesada para las mujeres. Mientras los dos (hombre y mujer) salen a vender flores y regresan a la casa, ellas tienen que seguir trabajando. Nos dicen: ‘Tenemos que levantarnos de madrugada para hacer comida, lavar y tenemos que seguir para cuando se levante la familia’. Hay mucho por hacer en ese tema en la distribución de los roles. Esa es la situación que yo he visto, o sea, excluidas, subordinadas, por lo general al esposo, a la pareja o la figura patriarcal del grupo en el que están insertas”.
No obstante, en medio de la adversidad, cuando llegan a las ciudades se insertan en procesos que les permiten adquirir independencia y poder. Esto es algo que se ha podido ver en León, donde las mujeres indígenas empiezan a moverse solas y algunas logran tener acceso a esquemas de formación, formales o informales.
De esa manera se generan “los pequeños cambios al interior de los grupos, donde van siendo reconocidas a partir de su propia lucha y de su propio sufrimiento. Se van abriendo y eso genera oportunidades para las nuevas generaciones”.
Para Giovanna Battaglia el Día Internacional de la Mujer es una fecha para recordar el adeudo que se tiene con las mujeres, que es doble en el caso de las indígenas, por sus condiciones de migración y de vulnerabilidad. “El adeudo que tenemos es en materia de reconocimiento de los propios derechos. Nosotros nunca hemos hecho un festejo”.
El proceso de toma de conciencia, añade, se hace solamente en el compartir de ellas mismas. No es un conocimiento que les llega de alguna feminista sino a partir de sus conversaciones, del compartir sus propias experiencias y de reconocer esa realidad injusta. “Así van ellas posicionándose de manera distinta ante esa realidad. El 8 de marzo es un recordatorio del adeudo y de que las conquistas se han logrado en contra del propio sistema patriarcal, económico. Porque, además, todas estas cosas de la vulnerabilidad no se modifican con que una mujer quiera o una chava quiera, sino que tienen que ver con un sistema económico, político y patriarcal injusto que coloca a las mujeres en situación siempre de violencia, física, emocional, económica, social”.
Cuenta Giovanna Bataglia que al analizar las estadísticas de pobreza se dio cuenta que al ser indígena se es doblemente pobre; si se es analfabeta e indígena a la vez, la tasa se dobla. Eso tiene que ver, reitera, con un sistema que ha dejado abandonado, excluido, violentado, principalmente, a los pueblos originarios. Y si se trata de mujeres, pues esto se vuelve aún más un riesgo porque en la misma comunidad las prácticas machistas son parte del sistema.
En el estudio elaborado por la CEPAL, Myrna Cunningham, indígena miskito de Nicaragua y asesora para la Conferencia Mundial de Pueblos Indígenas de la ONU, dice que “las mujeres indígenas sufren de discriminación y violencia dentro y fuera de sus comunidades. En su vida cotidiana enfrentan duras barreras cuando denuncian violaciones de sus derechos en instancias estatales tanto por parte de la cultura dominante, como su propia cultura. Incluso, en caso de recurrir a la justicia ancestral, que ha demostrado una gran eficiencia en la resolución de conflictos materiales o de tierras, las mujeres indígenas muchas veces tampoco encuentran una respuesta satisfactoria”.
Y bueno, dice la directora del Centro Loyola, la condición de migrante es otro factor a considerar. El arraigo a la tierra es una fortaleza que se tiene como seres humanos, igual que la construcción de redes sociales que puedan amortiguar las propias carencias. Porque cuando son migrantes se mueven sin ningún tipo de red, y aunque siempre hay oportunidad de construirlas, cuando llegan a un lugar desconocido las indígenas son discriminadas. Entonces, ser mujer, indígena, migrante, pobre, son cuatro condiciones que las pone en desventaja.
“Lo que sí quiero compartir es que las propias mujeres van abriendo camino. Hay muchos ejemplos. Sí, el adeudo, sí son violentadas, pero no debemos ponerlas en una fotografía como si fueran un objeto inamovible, sino que son ellas mismas las que se han movilizado con un espíritu de lucha impresionante y que les ha costado, incluso, rupturas con la familia, dejar su comunidad. Porque, además, en el proceso de empoderamiento no hay paso para atrás. Cuando tomas conciencia de que tus derechos han sido violentados, si quieres una vida mejor, ya no puedes volver al mismo estatus de mujer violentada. Eso no quiere decir que la realidad cambie, porque no depende de ti, pero tú ya te paras distinto frente esa situación de violencia. Sí creo en las mismas mujeres, que mis respetos. Es una lucha de reivindicación. La misma posición de las mujeres ante esa situación, para decir ya no, necesariamente tiene que mover el papel patriarcal. Sí creo en la teoría de sistemas y sí creo que si se paran distinto ante esa realidad, ellos también”.



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