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Un Hilo de Sangre

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Agustín Lanuza

Miércoles 27 de diciembre de 2017

 

Luis Pablo Agustín Lanuza Pérez es escritor, actor y dramaturgo guanajuatense, integrante activo del taller literario Tormenta en el Tintero (2007- ). Ha participado en las publicaciones de cuentos y piezas teatrales El Aroma de la Eternidad para el diario Correo (2008); Cena con Sol para la revista Espejo Humeante (2009); Tertulias Mexicanas (2010), Los Ojos Mueren en Invierno (2012), Puentes y Desembarcos para Dramaturgia Joven del Instituto Queretano de Cultura y las Artes en el área de Investigación Escénica (2013); Algo vivo para la colección Letras Versales de la Universidad de Guanajuato (2014); Tesitura del Silencio para Diario del Itsmo en Veracruz y diario Correo de Celaya (2015); Notas de Plata y de Cristal para Tintas del Lerma, Antología. Y Lobby, Monstruos Diurnos y Seguridad Nacional, para Poetas en Chamacuero, poesía y narrativa, Comonfort, Guanajuato (2017), y La Sustancia (guionista y actor) para la compañía de teatro Atelier, el arte es libertad (2016- ).





Un Hilo de Sangre

El juguetero la tomó entre sus manos casi vencidas por el cansancio, la examinó detenidamente, el cabello estaba hecho un desastre, tenía descosidos el cuello, parte del pecho, el estómago y las rodillas. Conservaba intactos los ojos azules.

Buscó el hilo del tono adecuado, lo introdujo en el ojo de la aguja, cosió las rodillas, casi con cariño, no sin resistencia rellenó el estómago de aserrín; rendido por la jornada fue a dormir. En el último parpadeo recordó una canción de un ratón y de una muñeca; balbuceó uno de los versos: «yo te quiero y te quiero feliz», después se abandonó al sueño.

Había dejado a la muñeca sobre la mesa de trabajo, pero no estaba ahí. La búsqueda le llevó a uno de los rincones del taller, la sacó de la oscuridad y notó que las reparaciones del día anterior estaban deterioradas sin razón alguna, menos el estómago. Mientras la llevaba a la mesa de trabajo una vez más, en la sala se escuchaba el murmullo de la televisión, se proyectaba una película en la que los personajes relataban una anécdota sobre un Ferrari que se había estrellado contra un árbol.

Inició una vez más los remiendos, decidido a reconstruir a la muñeca de una vez por todas, cuando llegó al boquete que tenía en el pecho descubrió con sorpresa que tenía otro material dentro, acercó su lupa y con unas pinzas intentó sacarlo sin conseguirlo, estaba conectado a una serie de canales oxidados, aparentaba ser una piedra y dentro de ella pedacitos de carne, simulaba un corazón seco y obscuro; abruptamente dejó la muñeca, trató de recordar cómo había llegado a sus manos.

Buscó inútilmente en los registros de la juguetería, ¿cómo podría haber olvidado registrar a quién pertenecía? Imperdonable. Debí haberla elegido yo, afirmó pensando en voz alta.

Durmió a ratos y mal esa noche, tuvo infinidad de sueños, hasta un método para repararla, algo inusual y arriesgado. Despertó de un sobresalto, fue a la mesa de trabajo y no encontró la muñeca de nuevo, fue directo a aquel rincón y con ternura dijo:

– Ven.

Muy despacio estrechó su mano de trapo a la del juguetero, éste le abrazó y fueron un remanso de paz entre los brazos. Por razones que el juguetero no pudo comprender sonaba en su cabeza el verso final de aquella canción.

Trabajó días y noches, hasta repararla casi en su totalidad; no pudo con la maraña de sus cabellos, sus ojos vivos y azules, de un triste muy intenso, le agradecían, creyó.

Me gusta tu nariz, y con dos dedos, la apretó con cariño, respira conmigo, le dijo una vez más y la dejó recargada cerca del espejo. El juguetero se sentó en el sofá de la sala, bebió té de menta con leche mientras el sueño se le iba anidando en los párpados.

Los ruidos en el taller le despertaron, supuso con alegría que ella estaba en pie, buscó a la muñeca inmediatamente, por cada uno de los rincones, pero sólo encontró su ausencia, sobre la mesa retazos de hilo y un pedacito de carne latente. Los ferraris y los árboles están destinados a estrellarse; como las muñecas no quieren a los ratones, aunque éstos se empeñen en quererlas, pensó y movió la cabeza de un lado a otro, el dolor le fue regando el pecho, respiró profundo, brotó con firmeza y con dulzura, desde el pecho de aquel hombre, un hilo de sangre limpio y libre.


Foto de interiores: Pixabay.






Luis López




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