SOMOSMASS99
PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
Miércoles 29 de junio de 2016
Si hubo alguien dentro del arte cinematográfico que tratara la condición humana y su miseria sin ningún hálito de romanticismo y sí de manera descarnada, fue Luis Buñuel, el genial director aragonés exiliado por mucho tiempo en Francia y México y que con Viridiana, logró romper dicho exilio para volver a España y filmar la obra que en 1961 le valió la Palma de Oro en el Festival de Cannes.
Viridiana (Silvia Pinal) narra la historia de una joven monja que cierto día visita a don Jaime (Fernando Rey), un viejo tío de la religiosa que termina enamorado de ella y al ser rechazado por ésta, se suicida y genera en Viridiana un sentimiento de culpa que la obliga a quedarse a vivir en la casa del malogrado pariente y dedicarse a socorrer a los pobres en un acto de caridad que se verá tambaleado por la llegada de su primo Jorge (Francisco Rabal), y la miseria de los desamparados que revelan su condición humana llena de insalubridad moral.
Ya en Los olvidados (1950), su otra obra maestra filmada en México, Buñuel había retratado a los pobres como seres decadentes y violentos, tan humanos como cualquiera y llamados a la irremediable fatalidad.
Sin la menor corrección política, Buñuel le quitaba a los habitantes de los márgenes de la capital mexicana, todo el romanticismo y carácter idílico que por ejemplo Emilio “El Indio” Fernández le impregnaba en su obra cinematográfica a los indígenas o Ismael Rodríguez en “Nosotros los pobres”, a los habitantes más necesitados de la gran urbe.
Ambos directores consideraban a dichos sectores como entes limpios y puros, víctimas de los hacendados y ricos de las zonas étnicas de México y de los opulentos económicos de las grandes manchas urbanas.
“El Indio” Fernández y Rodríguez dividían un mundo idílico en la versión maniquea de la realidad, los bueno y los malos; Luis Buñuel, por su parte, sabía que la condición humana está provista de matices irrenunciables que no podían ser pasados por alto.
Así, en Viridiana, el cineasta español narra sin concesiones y de manera descarnada la fragilidad humana de sus personajes y sus pasiones: el puritanismo insoportable de la monja Viridiana, los excesos y abusos que da el poder y el dinero en la persona del tío y el primo y también, todo el resentimiento y la rabia de la pobreza que muerde la mano de Viridiana cuando un día saben que pueden acceder a los lujos de la casona familiar, finca que en el día a día les representa un paraíso al que sólo podrán acceder vía la violencia y el odio.
Alejado entonces de los discursos morales de su época, el director español sufrió la censura de Francisco Franco. La cinta estrenada en 1961 en Cannes, sólo se apreció en España hasta 1977. Muerto el dictador, la península ibérica pudo ver entonces la obra de Buñuel en sus pantallas.
¿Y a qué se debía el enojo franquista y hasta la mirada acusatoria de la cúpula vaticana? A la irreverencia del cineasta ante la simbología católica. Para muestra, una joya de la cinta protagonizada por Silvia Pinal: los pobres socorridos por Viridiana celebran en la casa de don Jaime una fiesta en la que aprovechan la ausencia del primo y la propia religiosa. Ahí, se entregan a los excesos de los pecados capitales. La fotografía que corona esta secuencia inolvidable es el momento en que alrededor de la mesa, reproducen de manera grotesca y patética el cuadro de la Última Cena, una de las obras más emblemáticas de Leonardo da Vinci. Brutal, un golpe al rostro de los puristas y moralinos de la época, prácticamente de cualquier época.
Ya en los años 50 del siglo pasado, cuando filmó Los Olvidados, Buñuel también sufrió los embates censores de una sociedad mexicana que le reprochaba la miseria moral con la que plasmaba a los marginados de los barrios más pobres de la Ciudad de México.
Obras de una profunda vigencia, Viridiana y Los Olvidados de Buñuel nos permitirían reflexionar sobre la necesidad de no seguir observando la realidad desde el simple blanco y negro y en la conciencia de esa expresión, reconfirmaríamos que el maestro de Aragón interpretaba el mundo de manera más que certera.
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