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©Gaudencio Rodríguez Juárez
Imagina a cientos de varones saliendo a las calles manifestándose contra la violencia machista. Varones portando pancartas hechas con sus propias manos y coreando consignas como: “No a la violencia contra las mujeres”, “Con la violencia ni un gramo de paciencia”, “No te calles, únete”, “Saca lo mejor de ti. Detén la violencia”, “El silencio nos hace cómplices”, “La violencia y la muerte de mujeres es cuestión de hombres, y son los hombres quienes tienen que resolverla”…
Imagina la calle repleta de hombres vestidos de blanco renunciando a la violencia y a la complicidad con los otros hombres que la ejercen. Hombres caminando hacia el centro de la ciudad que les espera para leer manifiestos y compromisos para prevenir, denunciar y erradicar la violencia masculina.
Eso fue lo que imaginó José Saramago al ser interrogado sobre la posibilidad de hacer algo para detener la violencia de género: “una idea utópica, y como utópica que es, no creo que nadie la concrete, es hacer una marcha de hombres, donde los varones asumamos que la violencia ha sido el mecanismo más terrible de los manejados por los hombres en sus operativos de dominio”, así lo dijo.
Una utopía que deja de serlo para convertirse en realidad en muchos países donde cientos de varones ya han iniciado este tipo de marchas y manifestaciones, en las cuales, con humildad, han reconocido que los hombres hemos estado mayoritariamente omisos en las estrategias y acciones para erradicar la violencia. Y ante el reconocimiento de tal realidad han decidido comenzar un proceso de cambio que, respetando la trayectoria del movimiento de mujeres, confluya en la posibilidad de generar nuevas modalidades de vincularse mujeres y hombres.
Eso pasa en otros países. En el nuestro siguen siendo las mujeres quienes mayoritariamente exigen su derecho a vivir sin violencia, las que se manifiestan, se pronuncian, y son muy pocos los hombres responsables y activos en la causa.
En nuestro país aún predominan los mitos que las culpabilizan, que minimizan y naturalizan el problema. Aquí las cifras no son tomadas en cuenta a la hora de impartir justicia ni a la hora de hacer leyes pertinentes y suficientes; y cuando se hacen no pueden ser aplicadas manera adecuada.
Cuando le preguntaron a Saramago si creía que los Gobiernos podían hacer algo contra la violencia contra las mujeres, se mostró escéptico diciendo que los hombres eran mayoría en los Gobiernos. En nuestro Estado su escepticismo es validado. Aquí los hombres tenemos una deuda pendiente: prevenir, denunciar y erradicar la violencia masculina.
Urge, como lo están haciendo en Uruguay y en muchos otros países, que los varones nos comprometamos a fomentar cambios en la vida privada, en la convivencia familiar, así como en el ámbito público. A generar políticas que consoliden la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. A promover estrategias orientadas al cambio cultural para un ejercicio democrático de las relaciones humanas. Y hacer efectivas las leyes para erradicar la violencia contra ellas.
“La violencia contra las mujeres y las niñas está muy extendida, por lo que todos podemos tomar medidas para acabar con ella. Juntemos nuestras fuerzas para poner fin a este crimen, promover la plena igualdad de género y crear un mundo en el que las mujeres y las niñas disfruten de la seguridad que merecen. Hagámoslo por el bien de ellas y el de toda la humanidad”, Ban Ki-moon, Secretario de la ONU.
25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
Psicólogo / [email protected]
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