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¿Y si la educación en la escuela fuera una trampa? / II

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SOMOSMASS99

 

Esther Sanginés García*

Miércoles 25 de noviembre de 2020

 

En defensa de la escuela

 

Hay una ceguera del cuerpo, simplemente los ojos no ven. Mi amistad con algunas personas a las que llamamos ciegas me ha demostrado que su defecto lo compensan con creces, su contacto con el mundo, sus posibilidades y condiciones de vida se amplían con el conocimiento, la lectura, la práctica de virtudes y su deseo de ser mejores. Por las desigualdades sociales, no todos los invidentes tienen acceso a la escuela, a la lectura y escritura.

Hay quienes no pueden ver con los ojos del cuerpo, sin embargo, la peor ceguera es la del espíritu, ésa se llama ignorancia; el 17 de noviembre de 1966, hace más de medio, siglo Fidel Castro escribió: “Sabemos el tremendo daño que ocasiona la ignorancia porque no hay peor enemigo del hombre, peor enemigo de los pueblos, peor enemigo de la humanidad que la ignorancia. Y de todas las herencias que el colonialismo, el imperialismo y el capitalismo nos han dejado, la peor de todas, es la ignorancia”.

La escuela puede ser el antídoto contra la ignorancia. Con esta idea quiero retomar el artículo ¿Y si la educación escolarizada fuera una trampa?, publicado en una entrega  anterior (Somos Mass99, 7/10/2020). Lo terminé con una serie de preguntas, quiero enfocarme en dos de ellas: “Si la escuela no lo logra ¿Cómo puede un niño contactar con la riqueza de conocimientos que ha ido adquiriendo la humanidad?” “¿Cómo podemos lograr que los chicos que estudian amen el campo y su trabajo?”

En las condiciones que dejó la represión magisterial, la charrificación del sindicato y los compromisos del Estado mexicano neoliberal con la OCDE (organización para la cooperación y el desarrollo económico), los niños y jóvenes no podían contactar con la riqueza de conocimientos que ha ido adquiriendo la humanidad, pues no había condiciones para que aprendieran en la escuela a amar los retos del conocimiento, de las labores del campo y el trabajo productivo, ya que los programas por competencias estaban alejados de la vida y de las posibilidades de la reflexión. Pero en nuestro país, no ha sido siempre así.

Es cierto que durante el porfiriato se optó por la escuela moderna que había promovido el estado prusiano, con una serie de trampas para consolidar el nacionalismo, el racismo y las diferencias sociales, pero, a pesar de todo, el conocimiento y su creación están ligados a la práctica escolar. 

A pesar de que en tiempos del porfiriato la escuela había copiado la estructura enciclopédica de la educación europea, la resistencia y participación de los maestros fue creando alternativas muy importantes. 

Tenemos en México una larga historia de búsqueda de formas creativas, críticas y reflexivas de enseñanza-aprendizaje, que se consolidaron con la revolución mexicana; una de ellas fue la escuela racionalista que se impulsó en 1912 por la Casa del Obrero Mundial; otra muy importante, la que se generó con las misiones culturales; más adelante, en 1928 la Escuela de la Acción, propuesta por el maestro de primaria Jorge de Castro Cancio y aprobada para llevarse a cabo en todas las escuelas primarias del estado de Veracruz; los maestros junto con el gobierno emanado de la Revolución organizaron en 1932 la Escuela Rural Mexicana. Con trabajo y estudio se fueron sumando experiencia, así, en 1934 durante la presidencia del Ingeniero Abelardo Rodríguez, se aprobó el proyecto de ley de la “educación socialista”. Durante la presidencia del General Lázaro Cárdenas se puso el acento en las distintas modalidades de la educación rural y las escuelas técnicas industriales. Vamos a darle una ojeada a algunas propuestas muy válidas que pueden ayudarnos a sacar a la escuela del hoyo en que se encuentra. 

En las escuelas rurales se crearon programas especiales para que tanto los niños como los adultos aprendieran a organizarse para recuperar la tierra, proteger sus recursos naturales, desarrollar una agricultura productiva, respetuosa de la naturaleza, además de prepararse para defender sus derechos contra autoridades arbitrarias, y esto sólo podía lograrse con un programa de redistribución de la tierra, el fomento de los ejidos y las comunidades agrícolas, en las escuelas se practicaba la autodeterminación y el co-gobierno.

Los maestros y maestras rurales lograron que el país comenzara a transformarse; no fue fácil, algunos hacendados, el clero reaccionario, además de los conservadores de derecha, recurrieron a la violencia extrema “Durante el periodo cardenista más de doscientos maestros rurales fueron asesinados; muchos otros fueron heridos por gavillas armadas, poblaciones enardecidas, guardias blancas solapadas por caciques y hacendados o autoridades del gobierno opuestas a los dictados de la federación… La mutilación de los cuerpos, en particular el corte de orejas, y la saña con la que se actuó sobre las mujeres dan cuenta del horror vivido en diversas regiones del país como Guanajuato, Puebla, Jalisco, Colima y Veracruz”[1]. Es importante también agradecer a los sacerdotes que se aliaron con los obreros y campesinos, siguiendo la tradición de Hidalgo y Morelos.

Desde 1926 se crearon las Escuelas Centrales Agrícolas, se invirtió también en las Escuelas Regionales Campesinas y Prácticas de Agricultura (en la comunidad de Roque, en el municipio de Celaya, hubo una que inició con 10 maestros y 40 alumnos)[2] con la misión de ir transformando las técnicas de producción con respeto a la mentalidad del campesino, para que con base en el conocimiento y en sus saberes se fuera evolucionando de manera armónica, se realizaron proyectos de investigación que apoyaron el trabajo en las escuelas primarias rurales. Los que se preparaban en este tipo de escuelas eran alumnos internos y estaban becados.

Aunque los maestros rurales tenían una tradición de trabajo, fue en 1932 cuando oficialmente nacieron las escuelas rurales con la formación que los maestros habían tenido en las Escuelas Centrales Agrícolas y en las Regionales Campesinas y Prácticas de Agricultura, para acercar desde la primaria a los niños hijos de ejidatarios y comuneros a las técnicas de producción, en ese momento de frontera, con respeto a la mentalidad del campesino. El campo se fue transformando desde dentro, creando las bases de lo que se llamaría “el milagro mexicano”.

Igual que ahora, las redes sociales de los “fifís” de entonces se enfrentaron al proyecto educativo y agrario del gobierno de Plutarco Elías Calles, de Abelardo Rodríguez, de Lázaro Cárdenas, pero campesinos y obreros estaban decididos a transformar su situación de miseria e ignorancia y aunque los maestros por momentos tuvieron que suspender clases, no paralizaron la escuela. 

Más importante que la oposición violenta, fue la defensa que llevó a cabo la mayor parte de la población que compartía los principios de la reforma agraria y después de la educación socialista, los ejemplos de la organización en los ejidos colectivos del Valle del Yaqui y Mayo, los pequeños productores en Sonora, las comunidades agrícolas de Sinaloa, la región lagunera (que siguen siendo muy productivas), que prosperaron gracias al apoyo que dieron al proyecto de un gobierno que se identificaba con el pueblo y no con un puñado de millonarios, nos sigue enseñando las posibilidades de transformación de una escuela formada por maestros conscientes y preparados.

¿Qué hacían los maestros? Los maestros escuchaban a los ejidatarios, campesinos, obreros, profesionistas comprometidos y conciliaban la enseñanza con las formas tradicionales de los habitantes de las comunidades, respetando sus costumbres, de esa manera las comunidades se apropiaban de los programas escolares, con las adecuaciones a cada lugar, porque también los contenidos consideraban sus intereses y valores, así que se reestructuraba en cada lugar el programa oficial.

Quiero retomar aquí a Susana Quintanilla que sintetiza la enseñanza en los pueblos originarios: 

Lázaro Cárdenas fue el primer presidente en ciento quince años de vida independiente en reconocer la especificidad cultural de los indios y la necesidad de impulsar programas educativos acordes con ella. En 1937, frente a la tumba 104 de la zona arqueológica de Monte Albán, en Oaxaca, ‘reforzó, con respecto al indio, su ambición de salvarlo con la sustitución de las balsas de pulque y las ollas de mezcal por los cántaros de agua y la sustitución del templo por la escuela’. Asido a esa esperanza dio instrucciones al secretario de educación de que velara por la instrucción de las etnias. De inmediato, el jefe del Departamento de Educación Indígena ordenó que se realizara una investigación precisa de las condiciones del hombre que debían redimir. Con base en los resultados preliminares de este diagnóstico fue elaborado un programa educativo que tuvo dos prioridades: la puesta en marcha de las Escuelas de Trabajo (29 en total) y el fomento y la modificación de los Internados Indígenas. Su principal promotor, Carlos Basauri, reconoció la particularidad de estos planteles al señalar que no eran escuelas primarias ni prevocacionales, ni antecedentes para que los alumnos pasaran a otras instituciones educativas que los desvincularan de su medio. Respecto a los internados, indicó que su propósito era capacitar a los alumnos para que “lucharan con mayor provecho” cuando regresaran a sus comunidades de origen.[3]

La educación tecnológica fue también una de las principales preocupaciones del pueblo mexicano, Desde 1921 se fue gestando el Instituto Técnico Industrial que comenzó a funcionar en 1924 para preparar al personal obrero y técnico especializado, en 1922 se fundó la Escuela Técnica de Maestros Constructores, que dio origen a la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura.

En 1926 se creó el Centro Industrial Obrero, precursor de las prevocacionales de Artes y Oficios, después vocacionales y actualmente CECyTs

La educación obrera en esta primera época del período post-revolucionario fue, hasta 1940, extraordinariamente rica, se basó en las peticiones de los obreros organizados en sindicatos, en las investigaciones del Departamento de Educación Obrera. Además de los programas en la escuela primaria, se generaron las escuelas nocturnas para trabajadores (106), con asignaturas académicas, instrucción política y educación física, la Universidad Obrera (merece un artículo aparte), en 1938 durante el Gobierno de Lázaro Cárdenas se inauguraron los Institutos de Física y Matemáticas, además de la Facultad de Ciencias de la UNAM.

Todo esto se logró cuando el gobierno representaba los intereses del pueblo, contra la oposición delirante de grupos minoritarios, la extrema derecha (ancestros del FRENAA).

Pero, maestros, obreros, campesinos y ejidatarios, empezaron a vivir bien y descuidaron la formación política y la participación, con el Presidente Ávila Camacho la derecha empezó a comerles el mandado, y con Miguel Alemán se dio una vuelta de casi 180 grados, todo el bienestar que se había generado permitió que esos gobiernos gozaran de cierta popularidad.

Con ellos empezó la represión obrera, campesina y estudiantil, la corrupción de los sindicatos, la búsqueda del bienestar individual, en lugar del colectivo, los “valores” del mundo capitalista y la devastación neoliberal. Y se empezaron a cometer errores.

En este 2020 hemos llegado a una situación en que muchos maestros están más preocupados por la carrera magisterial, por llenar papeles y ascender de forma personal, que por la enseñanza real; en tiempos de pandemia algunos están descuidando a los alumnos que no tienen conexión a Internet y siguen trabajando de manera cómoda sin buscar el beneficio de todos sus estudiantes.

Errores, errores, errores, algunos errores criminales, pues esos alumnos con rezago van a alimentar las filas de la delincuencia, en un sistema similar al porfiriano. 

Y sin embargo…

A pesar de todos los errores que se han cometido, la escuela es indispensable para la vida actual, pues la agricultura sustentable y productiva, el cuidado del medio ambiente, la productividad, el conocimiento del cuerpo humano, la curación de enfermedades complejas, específicas y tan difíciles como el cáncer, el SIDA, la tuberculosis, las cirugías plásticas que permiten recuperarse a las personas que han sufrido quemaduras de tercer grado, neumonías, y muchas más, dependen del saber especializado, ese saber hasta ahora no puede lograrse sin la relación escolar; para ello el maestro requiere cierto grado de independencia de los programas, un gran conocimiento de su materia y de sus alumnos. 

En estos momentos de cuarentena, es fundamental recordar que la relación maestro-alumno puede convertirse en enseñante aprendiente-aprendiente enseñante, cuando sin dejar de cumplir con el programa (a veces usando una cuarta parte del tiempo escolar) se profundiza en lo importante, cuando se va más allá de la transmisión, la aplicación de métodos y técnicas y todo el ritual requerido por las autoridades y la jerarquía escolar. En esas condiciones puede cumplirse con lo que decía Freire: “La escuela puede algo, aunque no lo pueda todo”.

Me gustaría que se hiciera realidad la reflexión de Humberto Ecco, el maestro que está decidido a señalar caminos, no puede ser sustituido: 

… ante todo un docente, además de informar, debe formar. Lo que hace que una clase sea una buena clase no es que se transmitan datos y datos, sino que se establezca un diálogo constante, una confrontación de opiniones, una discusión sobre lo que se aprende en la escuela y lo que viene de afuera […el buen maestro enseña] cómo buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar toda esa información [a veces superflua, vana e innecesaria que está en la internet].[4]

Ojalá los maestros retomen el rumbo de lo que fue la escuela rural mexicana para el campo, la escuela de la acción, adecuadas a estos momentos y necesidades, ojalá que vean las necesidades de sus alumnos y vayan más allá del egoísmo personal y la sumisión a un sistema absurdo de papeleo y de exámenes estandarizados; además de lo que dice Humberto Ecco, el buen maestro debe enseñar a “buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar toda esa información”, y más allá, formar personas responsables, seres humanos creativos, propositivos, críticos, no reproductores serviles de un sistema que promueve el egoísmo personal, el servilismo que destruye la dignidad; pues sólo así la educación escolarizada dejará de ser una trampa.


Notas:

[1] Quintanilla Susana, La educación en México durante el período de Lázaro Cárdenas 1934-1940, biblioweb.tic.unam.mx/diccionario/htm/articulos/sec_31.htm

[2] Aguilar López Ubaldo, Tecnológico de Roque, hoy Tecnológico nacional de México, El sentido de la historia, la escuela y los alumnos egresados, AS Aprendientesomos, Año V, Noviembre 2017, pp.1-4, Celaya, Gto.

[3] Quintanilla Susana, Op. Cit.

[4] Umberto Eco, ¿De qué sirve el profesor?


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo, de Celaya, Guanajuato, al que pertenece la autora.

Foto de portada: Rubén Rodriguez (@ruben18rodriguez) / Unsplash.






Luis López




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