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El árbol

Para Ver, Oír y Comer / Somos Audio / SOMOS PALABRAS / Top News / 31/07/2019

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Nélida Magdalena González de Tapia

 

Nacida en Buenos Aires, Argentina, en 1963, Nélida Magdalena González es escritora de microcientos y microrrelatos. Ha participado en Talleres Literarios presenciales y a distancia, y obtenido menciones por sus publicaciones. Sus cuentos aparecen en diversas antologías, medios electrónicos, periódicos y revistas. En 2015 publicó el libro MI DESPEDIDA y otros cuentos y en 2017 DIFERENTES ARRUGAS y otros cuentos, bajo el sello de Tahiel publicaciones. Es autora del blog Rosa de Hielo.





El árbol

La ventana de mi casa era el lugar más hermoso que había hallado en muchos años. A través del vidrio miraba, sentada en un sillón, todo lo que acontecía en el barrio. Llegué a ver cosas insólitas, incontables, cosas que no podía evitar que pasaran aunque no fuesen normales o coherentes. Eran tan raras esas situaciones que por momentos me involucraba emocionalmente. En la avenida del frente había un árbol hermoso, durante la primavera y hasta el verano se colmaba de flores rosadas y embellecía la calle. Un atardecer como tantos otros me entretuve mirando lo que pasaba detrás de las rejas. El tiempo estaba triste y lluvioso, lo que ayudó posiblemente a que sucediese tan impensada situación. El árbol, que tan firme parecía, ladeó su tronco hasta el suelo quedando como muerto. Luego desprendió poco a poco sus raíces de la tierra hasta dejarlas totalmente al descubierto. Pasó todo tan rápido que creí que se había detenido el tiempo, puesto que no había nadie que presenciase lo mismo que yo. Supuse que la lluvia había desgarrado la tierra y que la fuerza del tronco, tan pesado, había logrado derribarlo. A su alrededor había quedado un enorme pozo. Fue entonces cuando la sorpresa se apoderó de mí: el árbol comenzó a levantarse como un zombie, adoptando una extraña forma humana. Las ramas formaron brazos como si fuesen tentáculos que se movían en forma continua para atrapar todo lo que encontraban a su alrededor. Las raíces habían adoptado el aspecto de múltiples pies que lo ayudaban a deslizarse. En ningún momento llegué distinguir si tenía rostro ni puse mucha atención para advertirlo. El pánico se apoderó de mí dejándome perpleja. En ese momento hizo su aparición en el horroroso acontecimiento María; había cruzado la calle para ver el insólito suceso. Yo abría y cerraba los ojos sin poder creerlo. María era yo, que a causa de un accidente caminaba renga. Estaba afuera en la calle, pero desde la ventana me observaba a mí misma. Me acerqué, el árbol me abrazó tan fuerte que logró sedar mi cuerpo, quise trepar entre sus ramas pero mis piernas no eran suficientemente fuertes como para lograrlo. Dejé que hiciera su voluntad, de todas formas no podía resistirme al brutal personaje, pues ya no parecía pertenecer al reino vegetal. Se escuchó una música delicada que reconocí rápidamente. Algún vecino practicaba en el piano el Vals del Minuto de Chopin. Me di cuenta de que lo que quería era bailar. Con una de las ramas cortó algunas flores y me las colocó en la cabeza. Con otra tomó mi mano y con la más pequeña rodeó mi cintura. Arrastraba sus raíces en forma lenta y pausada, al son de las notas de la bella melodía. Él quería danzar y yo estaba dispuesta a darle gusto, pues no todos los días es posible hallar un danzarín de tal magnitud. La lluvia no cesaba y la melodía cambiaba una y otra vez. El inconfundible Danubio Azul, de Strauss, llenó de gozo mi alma. Supongo que me adormecí luego de haberme observado disfrutar la danza con ese engendro, porque al día siguiente desperté sentada en el sillón. Amaneció soleado, la lluvia había acabado durante la noche. Mis zapatos tenían barro fresco, como si los hubiera pisado pocas horas antes. Mi ropa estaba húmeda, me producía frío y sentí una gran angustia. No podía entender por qué me hallaba en esas condiciones. Simplemente había mirado desde adentro de mi casa lo que había sucedido la noche anterior con el que consideraba el árbol más hermoso del barrio. Me abrigué y me dispuse a tomar mate para calentar mi cuerpo mientras miraba el árbol. Estaba quieto, firme, como si nada hubiese sucedido. Yo no me había movido de mi casa, solamente había sido mi propia espectadora. Me calmé, limpié como pude el fango de mi calzado y puse a secar mi ropa. Pero las flores, que él me había colocado en la cabeza, las retiré con cuidado de mi cabello y las puse en agua. De ninguna manera permitiría que se secaran.


Foto de interiores: Faye Cornish (@fcornish) / Unsplash.






Luis López




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Hasta pronto, Sergio





1 Comentario

el 30/06/2021

Neli querida, hermoso cuento para quienes comprendemos los vericuetos de la mente que es la caja de pandora.



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