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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 24 de febrero de 2020
Había una vez, en un país no tan lejano, un príncipe. Redondito de cuerpo, ojos saltones y labios delgados. Joven, la edad adulta le quedaba lejos todavía. Tenía al caminar, un andar extraño, recogía ligeramente sus piernas y cada paso, movimiento elástico y potente, resonaba en todo su cuerpo.
A veces actuaba como príncipe, gallardo salía al frente del castillo y examinaba con aire muy concentrado cada planta del jardín. Otras, pasaba indiferente frente a un viejo que hacía las veces de jardinero, ignorándolo ostensiblemente.
Vivía, como todo príncipe, en un castillo de los que tienen 473 alcobas pero ningún baño interior. Comía, como lo hacen los príncipes, mucho y con ruidos que rebotaban en los altos techos de los comedores, que eran varios por supuesto. Vestía, como lo hacen los príncipes, atuendos ajustados y brillantes, dejando la armadura en la sala de exhibición de trofeos y cuadros de antepasados.,
Aunque no era, como tantos príncipes, alteza por hombre interpuesto: su padre no era rey.
Mejor dicho, el rey con el que vivía no era su padre.
No se sabía bien qué secretos rodeaban su nacimiento, pero el caso es que había aparecido un día en la escalinata principal del castillo, desnudo, sucio y sin decir palabra alguna. Algo en su prestancia, tal vez justamente su manera de andar, había revelado a los habitantes del castillo que aquel personaje era un príncipe, azul tal vez aunque el frío podía ser culpable de aquella impresión, y se le había dado enseguida la acogida que merecen tales seres. Se le lavó, cubrió, nutrió y poco a poco se le enseñó el lenguaje usado por esos lares. Pasó a formar parte del séquito del rey, de la cuadrilla de príncipes y de princesas y nadie jamás, lo cuestionó sobre su origen. Por discreción unos, por total indiferencia los otros.
Nadie, más que él.
Por más que intentara recordar de dónde venía, la mirada de alguna mujer, la voz de algún amigo, no lograba vislumbrar ninguna pista concreta sobre su pasado.
Un día, cansado, apesadumbrado, salió del castillo, decidido a no volver hasta saber por lo menos su nombre y el de su padre. Atravesó el jardín, internándose a la arbolada que en medio de él crecía. Llegó rápido a un claro, e igual de rápido lo atravesó, no encontrando en él absolutamente nada más que hierbas quemadas por el sol. A los árboles y a las hierbas no les importó en absoluto su efímera presencia, siguieron, unos creciendo y otros quemándose.
Caminando, durmiendo, despertando, caminando, caminando, bebiendo agua clara y extrañamente tragando uno que otro insecto, llegó a un monte cubierto de pequeños arbustos. De uno de ellos pendía un trozo de tela verduzca, que parecía llevar un tiempo ya destiñéndose entre soles y lluvias. Lo examinó, detenidamente, pero no, ningún eco despertó en su memoria. A lo lejos oyó risas y sintió en la brisa olor a amor, a proyectos comunes. Decidió no acercarse. Decidió que su búsqueda era más importante que cualquier alegría. Y dejó el monte, con su olor, atrás.
Caminando, durmiendo, despertando, caminando y caminando más, pasó cerca de un pueblo al que entró, esperando que alguien lo reconociera. Las tiendas rebosaban de vituallas dignas de cualquier opíparo festín y en el centro de la plaza, una enorme estufa de hierro dominaba el espacio. Al caminar por la calle principal, sintió clavadas en la espalda las miradas de los lugareños, por cierto de extraña complexión, y se sintió aliviado cuando uno de ellos, de panza prominente, se le acercó y le informó que por su bien debía dejar el lugar. Le explicó pausadamente que su carne joven era sumamente antojable y que él, como alcalde, no podía permitir que su gente se batiera por un espécimen que no alcanzaría para llenar todos los cogotes.

Se alejó entonces.
Y sí, caminó y durmió, y todo eso. Lo mismo, día tras día, rutina y desesperanza extrañamente mezcladas en cada una de sus respiraciones.
Hasta llegar a un estanque, al borde del cual decidió sentarse. Después de un rato, decidió meter los pies al agua, y luego las piernas, hasta que terminó sumergido hasta las orejas, desnudo, feliz, ligero y confiado.
Súbitamente, un crujido lo hizo voltear. Frente a él, ojos fijos en el estanque, un joven sobresalía entre la hierba y los carrizos. Lo miró, así, a ras del agua, lo examinó y como si un fulgor apareciera de pronto ante sus ojos, lo reconoció. Sabía de alguna manera que aquel muchacho venía de manera regular al estanque a observar sus habitantes, principalmente a las ranas y a los sapos. Supo también de manera certera, que en ese estanque había hadas y que algún día él había servido de experimento para alguna de ellas. Y entendió que venía de un estanque, que su principez no era más que sortilegio, magia y que antes, -antes-, él había sido morador de esa agua verde.
No sabemos si adivinó qué clase de ser había sido antes. No sabemos si pasó el resto de su vida nadando en las aguas del estanque, tragando gusanitos y moscos o si decidió regresar al castillo.
No sabemos tampoco si supo quién era su padre, o si, tal vez, le dejó de importar.
Sólo sabemos que él se sintió súbitamente empoderado, súbitamente más grande y súbitamente enraizado, aunque no fuera literal el asunto.
Y no, no sabemos si fue feliz para siempre. Porque siempre es un concepto altamente filosófico y porque no existe en nuestra percepción, porque no hay manera de medir el siempre, de sentirlo.
Y este es el fin del cuento. No de la historia, que ésas son independientes de nuestras palabras, de nuestras lecturas. Del cuento entero, el de la flor carnívora, de la princesa anodina, del ogro, del aspirante a príncipe, de su hermana y del hada que todo mezcló, desarregló y finalmente adornó.
Y sí, claro que hay moraleja:
Quién eres, quién soy, tiene su base en quienes fuimos. No podemos regresar, pero si podemos observar-nos y reconocer-nos. Disfrutemos cada nuevo estanque, para eso aprendimos a nadar.
Y moralejas generales, de toditito el cuento:
En todas las vidas hay un viejo observando, callado e ignorado.
Las palabras van y vienen, los cuentos terminan sin decir en qué, las historias reales siguen, y tú y yo quedamos, para el siempre que podamos lograr.
FIN
Escribir estos trozos de cuento, entrelazándolos para que tuvieran cierta lógica, fue un gozo intelectual mayor. Inténtalo, verás que delicioso es hacer algo así.
* * *
¿Quieres entender mejor quienes son los del pueblo extraño, qué pasó en el monte, por qué la arboleda decide no hacer caso del príncipe? ¿A sabiendas de que el personaje principal no es el que parece? ¿A sabiendas de que mi personaje preferido no usó corbata jamás?
Y a sabiendas, obvio, de que jamás es como siempre, no existe…
Aquí están varias ligas, espero no olvidar ninguna, en cuyo caso podrás escribir tú tu propia versión:
https://www.somosmass99.com/de-cuentos-y-princesas/
https://www.somosmass99.com/de-lecturas-y-corretizas/
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* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de interiores: Du temps où tu étais petit / De cuando eras pequeño. | Autora: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
Foto de portada: Bere Von Awstburg / Pixabay.
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