SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey
Viernes 28 de octubre de 2016
“Resulta no sólo inaceptable sino peligroso que se lleven las cosas al extremo de creer que Ia empresa privada, aun extranjera, es Ia condición de Ia estabilidad y el guardián por excelencia del interés público; que Ia defensa de los intereses fundamentales de la nación se deje al mito del mercado libre, y que en nombre de esa “libertad” vayamos incluso a Ia servidumbre”. [1]
Alonso Aguilar Monteverde
La lucha ideológica
La clase en el poder dispone de un vasto arsenal ideológico compuesto por demagogia, frases hechas, consignas engañosas, verdades a medias, mentiras, mitos y desde las más burdas hasta las más sutiles tergiversaciones, con lo que ha logrado imponer su visión del mundo y falsear totalmente la realidad; por tanto, mientras la lucha no se libre en ese terreno se corre el riesgo de que todo lo que hagamos se desenvuelva en un terreno que convenga o al menos no lesione seriamente a la oligarquía.
La acción ideológica de la clase en el poder es constante e intensa. En las fábricas y las grandes empresas, en los centros de estudios económicos y sociales, en la prensa y las universidades se produce diariamente la ideología de esa clase. Es, por tanto, necesario comprender algunas de las formas que adopta para llevar adelante un programa en favor del pueblo.
Para la clase en el poder:
- El viejo capitalismo de otros tiempos, anárquico e injusto, ha desaparecido. En su lugar ha surgido una economía global a la que le interesa preservar la democracia y la justicia por medio de la libertad, y en la que el Estado defiende los intereses de la mayoría. Si bien la producción y el capital se concentran en pocas grandes empresas, las corporaciones de hoy son diferentes y no se interesan ya tanto por obtener cuantiosas ganancias como por asegurar el bienestar de la comunidad.
- El capitalismo es hoy un sistema abierto, flexible y cada vez más racional, que a través de la competencia y la libre empresa abre la posibilidad de vivir mejor. Todo trabajador puede llegar a ser propietario y a disfrutar los beneficios que le ofrece la “sociedad de consumo”, para ello sólo se requiere cooperar con la clase en el poder y tener fe en el sistema.
- La propiedad privada, concretamente de los medios de producción, lejos de ser un instrumento de opresión, una causa de la desigualdad social y un obstáculo al rápido crecimiento de las fuerzas productivas es una condición del progreso y un derecho inviolable del hombre, necesario para estimular la capacidad creadora de los empresarios.
- El nuevo orden que se reclama como “otro mundo posible”, destruiría los valores de la “libre empresa” y amenazaría por igual a los patrones y a los trabajadores, a quienes sólo debe interesar defender los valores de la “civilización occidental”.
- Por tanto, la lucha de clases es negativa e inconducente. Es una traba al progreso social. Lo que éste requiere es la unidad nacional, la cooperación entre las clases, la estabilidad, el orden y el crecimiento gradual. Ya no es necesario un nuevo orden sino mejorar el actual.
La ideología burguesa es una nueva mitología, una que empieza por negarse a sí misma y presentarse como el fruto de la razón y de la ciencia, y que minimiza y aun ignora el papel del monopolio, idealiza el desperdicio de la “sociedad de consumo”, impide a los trabajadores tomar conciencia de que son ellos, no los capitalistas, quienes crean la riqueza y presenta al Estado como el mejor defensor de sus intereses y no como el instrumento a través del cual la clase dominante ejerce el poder.
La lucha teórica
Mientras la ideología de la clase dominante descansa y a la vez deriva habitualmente su mayor fuerza de la defensa de sus intereses, la estructura de poder y del sistema en su conjunto, la ideología de los dominados puede y debe enriquecerse con una base teórica que haga de la dialéctica misma de la historia su principal soporte científico.
La ciencia social burguesa es más amiga de la clase a la que sirve que de la verdad. El que a menudo eche mano de sofisticados métodos matemáticos y de técnicas vistosas no basta para corregir sus más graves fallas ni para librarla de su carácter fundamentalmente ideológico e incluso apologético.
Ante la imposibilidad de negar, sobre todo en momentos de agudización de la crisis capitalista, los males que aquejan al sistema, muchos teóricos y políticos burgueses se convierten en tecnócratas expertos en la aplicación de toda clase de parches y paños calientes. Incapaces de desviar el cauce que las leyes rectoras de su desarrollo imponen al capitalismo, abandonan la vieja ilusión de racionalizarlo y se contentan con que las cosas no se agraven y se vuelvan políticamente peligrosas, lo que los hace postular demagógicamente la tesis del mal menor como el óptimo a lograr. Que hay explotación, ni modo, pero ésta no debiera ser excesiva, como no debieran serlo tampoco la inestabilidad, la anarquía, la inflación, el desempleo, el desperdicio, el atraso, el desarrollo desigual y las disparidades entre los “ricos” y los “pobres”. La teoría burguesa se vuelve cada vez más modesta, ecléctica y convencional. Incapaz de entender las contradicciones propias de las relaciones de producción capitalista se queda en la superficie, en los fenómenos institucionales y aun en el formalismo academizante y estático, sin poder explicar propiamente ninguno de los problemas fundamentales de la sociedad en que vivimos y menos, todavía, contribuir a resolverlos.
La falta de una base teórica sólida lleva a la política burguesa a graves fallas y errores. Frente a los problemas estructurales que derivan de la existencia misma del capitalismo, sólo ofrece reformas más o menos intrascendentes. Frente a las graves deformaciones del subdesarrollo se limita a prometernos un futuro diferente.
Mientras aceptemos tales explicaciones y no podamos demostrar su invalidez ni elaborar otras mejores, la lucha contra el capital monopolista será débil y carecerá de una base científica rigurosa. Para avanzar en este aspecto es necesario ahondar en la crítica de la ciencia social y, especialmente, de la teoría burguesa del desarrollo, oponer a su concepción metafísica el análisis científico, dialéctico y comprobar, a partir del estudio riguroso del proceso capitalista mexicano y, sobre todo, de la fase que éste recorre, que ninguna de sus teorías explican el por qué del atraso de países como el nuestro ni ofrecen perspectiva alguna de superarlo.
Para enfrentarnos con éxito a nuestro enemigo es preciso comprender cómo funciona y cuáles son sus principales contradicciones. Pues bien, para descubrir éstas y actuar acertadamente sobre ellas es necesario descansar en una teoría científicamente válida. Sólo ésta puede hacernos comprender la fase actual del capitalismo mexicano, el papel decisivo que en ella juega el capital monopolista, la interacción y el acercamiento de éste y el Estado, las contradicciones entre uno y el otro, el carácter y el grado de desarrollo de la oligarquía y las razones por las cuales ésta se ha vuelto más compleja y rebasa con mucho el marco clásico. De no comprender la significación de tales hechos, aun reparando en el capital monopolista y la oligarquía podríamos fácilmente caer en el error de identificar a aquel con los monopolios extranjeros, de suponer a ésta equivalente a los grandes bancos y de no entender la relación de unos con la otra ni de ambos con el Estado.
Salamanca, Gto. 28 de octubre de 2016
Notas
Esta serie de colaboraciones intentan llamar a la reflexión, la crítica y la autocrítica a quienes en alguna medida algo hacemos y soñamos que un mundo mejor es posible.
Para la elaboración de estas entregas se acudió, en gran medida, al texto de Alonso Aguilar Monteverde “Bosquejo de un programa antimonopolista”. Revista Estrategia, No. 6. México. Nov. 25 de 1975,
[1] Aguilar Monteverde, Alonso. Revista Problemas del desarrollo. Democracia y economía. México en la encrucijada. México, Vol. XXV, No. 97. abril-junio 1994Referencias previas:
https://www.somosmass99.com/indignacion-y-un-programa/
https://www.somosmass99.com/indignacion-y-un-programa-ii/
https://www.somosmass99.com/indignacion-y-un-programa-iii/
Foto de portada: Hilda Ríos / Cuartoscuro.
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